jueves, 30 de octubre de 2014

Los psicópatas del amor

Lo conocí hace casi veinte años. Al recordarlo, algunos datos se han borrado de mi memoria. Sucede siempre: nos impregna lo importante y obviamos lo superfluo, aunque a veces lo importante pueden ser pequeñas frases o escenas que inicialmente no parecían ser tan transcendentales. Pero sobre todo, recuerdo cómo entendía la vida y la relación con las demás personas. Usaba a las mujeres como objetos sexuales y una vez satisfecho sus instintos las tiraba sin contemplaciones al cubo de lo prescindible. Poco importaba la estrategia utilizada para conseguir el fin, no dudando en engañar  si se daba el caso. Maquiavelo era un aficionado al lado de este hombre.
Tenía una novia, de esas chicas buenas educadas para casarse, de aspecto virginal y sin experiencia sexual previa. Ella vivía en el pueblo de ambos, a unos cien kilómetros de donde residía mi compañero. Una distancia suficiente para ocultar las mentiras, supongo, pero ahora al ver la historia con el filtro de los años, he entendido que no hay suficiente distancia que pueda ocultar una traición.
El caso es que aquel hombre tan atractivo, seguro de sí mismo, en el fondo resultó ser  poco confiable, egoísta y egocéntrico. Tres adjetivos usados para definirlo cuando me lo presentaron la primera vez. A mí me pareció muy guapo y me dio la sensación de que tenía la autoestima muy alta. Pues él la pone entre las piernas- me dijeron- pero no quise escuchar los comentarios de quienes juzgan a los demás, porque a veces la envidia o el rencor nos hace etiquetar a la gente injustamente. Desgraciadamente, en varias ocasiones vi llorar a alguna de esas a las que prometió la luna con final kleenex y me dolió porque esa mujer podría haber sido yo misma; quizás una de esas fui yo... me duele pensarlo. Probablemente también me duela recordar  las frases “confía en mí”, “la relación con mi pareja está rota”, “eres la mujer con la que quiero estar”, pronunciadas en un entorno idílico envueltas en un halo de falsedad y supongo que a la pobre novia la llenaba de promesas de futuro, falsas como el beso de Judas. No le temblaba la voz cuando mentía. Como dijo alguien: “saber mentir es otra forma de talento” y él sabía mentir muy bien.
Una tarde cuando supe que se casaba le pregunté:
-         ¿Por qué lo haces?
Él mirándome fijamente respondió:
-         No me caso con la mujer que quiero. Me caso con la mujer que necesito.
Y así fue como engañó hasta al mismo Dios, organizando una boda con iglesia, padrinos, y jurando una fidelidad inexistente.

El tiempo pasó rápido y me fui a trabajar a otro lugar. Aquel nombre repetido hasta la saciedad en noches de insomnio, desapareció de mi vida dejando una estela de nada. Cuando confías en alguien y ese alguien traiciona tu confianza, el vacío se apodera del sentimiento y lo borra, dejando sólo el hueco de lo que existió. Ya no volví a saber nada más de él hasta hace un par de años cuando me encontré a una compañera común y volvimos a rememorar el pasado. Aquel adolescente de veinticinco años seguía siendo un adolescente de cuarenta y tres que usaba a las mujeres, incluida la suya, a la que sólo quería como madre de sus hijos. ¡Lástima!, con la de oportunidades que ofrece la vida para reorientar nuestra conducta...
Después de ese, me he encontrado con algunas personas  similares. Mujeres o varones sin escrúpulos, psicópatas del amor y cuando hablo con ellos me viene a la mente una canción de Fito Cabrales: “Ya conozco a unos cuantos que son como usted, que me ofrecen veneno cuando tengo sed”
No sé los demás, pero yo intento apartarme de esos individuos; los miro y veo como escupen el egoísmo que ya no les cabe, pero de lejos, para no salpicarme el corazón con sufrimientos innecesarios. Si alguien lee la frase anterior de nuevo, he escrito “intento”, porque en general eso suelo hacer, mientras la pasión no me desequilibre el autocontrol y lo destroce con su fuego, porque entonces, es posible que la ceguera me impida ver más allá de las llamas y arrase con todo mi ser. Espero que la madurez me haya enseñado a ponerle un traje ignífugo a mi autocontrol, así la pasión podrá quemar todo, menos mi dignidad. Eso espero.

jueves, 23 de octubre de 2014

Instinto básico (sin Sharon Stone)

Yo estaba leyendo el libro de Roberto Iniesta “El viaje íntimo a la locura” cuando reflexioné sobre lo que Robe había escrito: “El hombre carece de auténticos instintos. No durará mucho”. Desgraciadamente, creo que tiene razón.  El ser humano ha ido relegando el instinto en pos de la conveniencia social o de lo políticamente correcto, no sólo en su vida diaria, también en su vida íntima. La sociedad tiene unas reglas no escritas sobre cómo y con quién tenemos que emparejarnos y si no las cumplimos estará esperando hasta que fracase nuestra relación para después hacer leña del árbol caído. Si nos enamoramos de alguien mucho más joven, o mucho mayor, de otra raza, de otra religión, de un nivel cultural mucho menor o cualquier otra circunstancia que nuestros paisanos consideren desnivelado o poco apropiado para nosotros nos lo harán saber, de una forma o de otra. Probablemente lo enmascaren con un halo de falsa modernidad, pero en el fondo, sólo verán el desnivel. Poco importará ante los ojos de los jueces del pueblo que el resto de las piezas encajen. Si una chica de familia normal, con un trabajo normal y un aspecto normal, se empareja con un chico negro de esos que venden Cds en los mercadillos, las alarmas no tardarán en surgir. Primero en la familia, luego en los conocidos y aunque la cohesión entre esas dos personas sea casi perfecta o aunque sea el hombre que la haga feliz,  siempre habrá una voz ajena que sentencie: “ves, no podía ser, si lo sabía yo”, si al final se rompe la relación. Los prejuicios son muy difíciles de erradicar, ya lo dijo Einstein. No dijo que a las mujeres nos ha perjudicado especialmente, para eso ya está las Historia como testigo del recuerdo. En casi todas las culturas hemos sido agredidas con tradiciones rancias incapaces de  aniquilar el pensamiento machista. ¿Cuántas mujeres fueron despreciadas a la soltería,  por atreverse a estudiar una carrera universitaria o por no ser vírgenes? Estoy segura que muchas de ellas encenderían la pasión de algunos pretendientes, pero estos se dejaron llevar influidos por el pensamiento externo y se alejaron de su impulso natural. Sólo algunos valientes se casaron con chicas no vírgenes, divorciadas, madres solteras, universitarias o con mucha más edad que ellos. Sólo algunas valientes se atrevieron a desafiar a la sociedad para seguir su corazón, a divorciarse cuando el marido las humillaba o a poner sus propias reglas del juego. Esos y esas valientes abrieron nuevamente las puertas del instinto y cerraron las normas de una sociedad anclada en costumbres obsoletas.
En la actualidad, muchos países continúan siendo a la vez verdugos y reos en un mundo desigual dirigido por la hipocresía de lo conveniente, castigando a los que se atreven a  desafiar a los “moralistas”. En Europa, a pesar del avance democrático de las últimas décadas,  seguimos cometiendo errores por subestimar nuestra intuición. Todo este conjunto de prejuicios nos cercenan la capacidad de elegir, decantándonos inconscientemente  por lo que la sociedad espera de nosotros, en vez de por lo que nuestro instinto nos indica. Hay que tener una autoestima muy fuerte para saltarse a la torera las opiniones de los demás, porque queramos o no, las opiniones nos influyen, sobre todo si vienen de personas de nuestro entorno.
Quizás Robe tenga razón, pero yo quiero pensar  que el ser humano se salvará a sí mismo cuando vuelva a sacar su parte animal y reconsidere sus deseos, dejando a un lado la imposición cultural o religiosa. Es muy difícil, sobre todo en pueblos más pequeños, hacer caso a la música de nuestro instinto sin el ruido de las opiniones de los otros. Ya lo dije en una ocasión: ” los prejuicios son cadenas que unen los deseos al qué dirán”. Ojalá rompamos esas cadenas algún día. Ojalá nos desatemos de las pautas de los demás. Quizás mañana estemos muertos y alguien nos lleve flores a la tumba. Ese alguien no podrá devolvernos el privilegio de poder elegir aunque nos equivoquemos en la elección, por qué no. Equivocarse es otra forma de libertad. Ser perfecto debe ser lo más aburrido del mundo. Yo ni lo quiero ni lo necesito. ¿Y tú?

jueves, 9 de octubre de 2014

El "NO" como aliado

La palabra “no” asusta. Yo diría que hasta acojona. Los seres humanos no estamos preparados para encajar un “no”, esa palabra maldita que consigue     desasosegarnos y quitarnos el sueño. Cuesta afrontar la frustración que supone asumir una negativa porque eso conlleva saber encajar un ataque en lo más profundo de nuestra esencia: el ego, y con el ego no se juega.
Cuántos días hemos estado esperando esa llamada de alguien que nos gustaba y cuántas veces hemos buscado excusas diversas para justificar el “no me gustas” que la otra persona quiere trasmitirnos por un “tendrá mucho trabajo”, “habrá perdido el teléfono”, “seguro que se está haciendo el interesante”, “es tímido”  y toda esa parafernalia de frases sin sentido para eludir la palabra maldita. Porque ese silencio duele, para qué nos vamos a engañar. Es un dolor punzante como de agujas en el corazón que intentan bajar nuestra autoestima. Un silencio rotundo, aterrador, agorero capaz de hacernos gritar y desesperarnos, hasta que un buen día retomamos el autocontrol y le restamos importancia a la negativa. Dependiendo de nuestra capacidad para encajar la derrota o la frustración, como he dicho antes,  la respuesta será mayor o menor dramática, aunque también es cierto que la edad va amainando esa importancia. Todos recordamos los primeros desengaños amorosos de nuestra vida; suelen ser muy impactantes hasta que aprendemos a valorar las situaciones y a manejar las emociones, es decir, hasta que empezamos a madurar y nos damos cuenta que el “no”, ya sea por medio de las palabras o a través del silencio, no es tan dañino, incluso, cuando pasa el tiempo, lo vemos de una forma diferente. A veces, hasta puede ser ventajoso para nosotros, brindándonos un futuro en otra dirección aunque desconozcamos hacia dónde nos llevará.  Aceptar la realidad cuando no podemos cambiarla nos abrirá puertas nuevas. Ese “no” que nos negaba una situación, nos regala un futuro por descubrir y  al atrevernos a aceptarlo, nos sorprenderá cómo dos letras que sonaban a fracaso se convierten en un triunfo. El enemigo pasa a ser un aliado.
Aquel trabajo al que no nos llamaron, ese hombre o mujer que nos rechazó, el examen suspendido, la oposición no aprobada.... se transformaron en: otro nuevo trabajo, otra pareja mejor, otro examen aprobado, otra oposición. Sólo hacía falta mirar hacia delante y saber que si la vida nos cerraba un camino, el mundo estaba lleno de carreteras y algunas son autovías, aunque inicialmente sólo viésemos el camino cerrado o nos obsesionásemos con él. Sólo hacía falta tener la valentía de querer caminar hacia el futuro. Sólo hacía falta tener ganas de seguir viviendo. El resto lo pondría el destino.
No perdamos el tiempo en lo que no pudo ser y cambiemos el rumbo hacia lo que será, al fin y al cabo se trata de jugar y la vida está llena de cartas.

jueves, 4 de septiembre de 2014

Quien tiene una madre, tiene un tesoro

Una madre es un tesoro que descubrimos cuando somos adultos. De adolescentes no apreciamos el esfuerzo que han hecho para criarnos, las malas noches que pasaron cuando éramos bebés y llorábamos compulsivamente o el mimo con que nos cuidaban si enfermábamos aunque fuese de un simple resfriado. No éramos conscientes de los disgustos que les dimos cuando llegábamos tarde en nuestras primeras salidas nocturnas o si aquella copa de más nos había sentado mal. Sólo el paso del tiempo nos enseña a valorarlas. Las madres, y obviaré las excepciones, viven para sus hijos, de hecho, si alguno muere, no vuelven a levantar cabeza. Es posible que vuelvan a sonreír, a salir de fiesta, o a ir de vacaciones, pero la pena profunda de la muerte de ese ser tan querido  es irrecuperable. Una madre prefiere morirse ella a ver morir a un hijo. Ese tipo de vínculo  es el único amor incondicional hacia otra persona, las demás mujeres, siempre queremos algo de los hombres.

Una madre ama sin condiciones y perdona sin rencor a sus hijos. Conoce la personalidad de cada uno de ellos, la forma de actuar o cuándo está triste sin necesidad de hablar. Esa capacidad “adivinatoria” de una madre es, a veces, insoportable  porque suelen tener razón casi siempre. Tienen un sexto sentido para esas cosas. No tengo ni idea de dónde lo sacan pero saben perfectamente cuándo nos vamos a equivocar en una relación, si estamos enamoradas o solamente es una ilusión, y lo más sorprendente, saben cuándo sufrimos, aunque intentemos ocultarlo.
Las madres son así, una especie de extraterrestres con poderes, inmunes al agotamiento cuando su prole los necesita, aunque su prole ya tenga más años que Carracuca. Son inagotables a la hora de esforzarse por la familia, además, con su incorporación en el mercado laboral, son capaces de organizar la casa, cuidar de los niños, trabajar, llevar una relación con la pareja y todo eso, con o sin ayuda del marido. Afortunadamente, en estas últimas décadas, el hombre ha cambiado su actitud y las labores domésticas se comparten, pero no nos engañemos, en estos momentos, el peso de la organización del hogar sigue recayendo en la mujer que se ha convertido en casi en una “superwoman”, arañando minutos al día para poder llegar a realizar todas las tareas pendientes.
Los alcaldes deberían poner en cada pueblo una estatua honrando la figura de la madre como persona valiente, al fin y al cabo, el mayor acto de valentía de una mujer es parir un hijo y criarlo.
No puedo terminar este escrito sin ensalzar el papel de las abuelas. Muchas de ellas están ayudando en la crianza de sus nietos por la falta de  conciliación laboral de los padres.  A ver si los hijos, tan egoístas como somos, estamos a la altura cuando ellas nos necesiten, porque da la sensación de estar usándolas hasta agotarlas y cuando ya no nos sirven las acomodamos en eso que ahora denominamos “residencias para mayores”. No tengo nada en contra de estas instituciones, es más, muchas de ellas están perfectamente preparadas para cubrir las necesidades de los ancianos de una manera muy digna. Es tan sólo una reflexión, un pensamiento en alto sin ánimo de criticar a quienes prefieran decidir ese futuro para sus padres. Estoy retratando la realidad social actual sin juzgar a nadie. Por lo demás, las consecuencias de nuestras acciones recaerán sobre nuestras conciencias y cada persona tenemos una a quien rendir cuentas cuando llegue el momento. Somos libres para decidir nuestros actos y las circunstancias de cada familia son diferentes. Sin ahondar más en este tema tan delicado, me viene a la mente un viejo refrán: “cada palo que aguante su vela”-dice-. Pues eso.

jueves, 28 de agosto de 2014

Piojos, pulgas y putas

Somos esclavos de nuestras palabras y dueños de nuestro silencio”, una frase muy a tener en cuenta, sobre todo si alguien tiene un cargo público ya que su lenguaje indicará, entre otras cosas, la aptitud para el mismo. Al alcalde de Valladolid, el señor León de la Riva, se le ha olvidado o no ha leído nunca esta cita si no, tal vez hubiese sido más prudente a la hora de hacer declaraciones tan estúpidas, como las que últimamente nos tiene acostumbrados a escuchar.
Una de ellas es: “Voy a limpiar Valladolid de piojos, pulgas y putas”.Lo de los piojos y las pulgas tiene su explicación médica pero lo de las putas es más controvertido. No voy a entrar en disquisiciones si la prostitución debería regularse como ya lo ha hecho Holanda o debería desaparecer como pretende la ONG “Médicos del mundo”;este tema es demasiado delicado para tratarlo sin los datos necesarios, pero sí voy a instar al señor alcalde a honrar su cargo, siendo más prudente a la hora de exponer determinados temas o tendrá que ser esclavo de sus palabras y cumplirlas si llega el caso.
Para ello le aconsejo que recuerde a Augusto, el primer emperador de Roma. En el año 18 a.C. promulgó una ley para reprimir los adulterios llamada “lex adulteriis coercendis”, en virtud de la cual se castigaba con el destierro a una isla, a toda mujer juzgada culpable de adulterio por un tribunal específico (quaestio de adulteriis). Se consideraba adúltera a una mujer cuando había mantenido relaciones extraconyugales, aunque fuese soltera o viuda. Tan sólo se salvaban de ser juzgadas las prostitutas. Pues bien, en el año 2 a.C. tuvo que aplicar esta ley a Julia, su propia hija, desterrándola a la isla de Pandataria donde murió en el 14 d.C, el mismo año que él.
Este breve recuerdo histórico, podría haber hecho reflexionar al señor alcalde, antes de pronunciar aseveraciones tan radicales. Nunca aprendemos de la Historia, con la de ejemplos que nos ha enseñado, para no volver a caer en los mismos errores…
A todos se nos han puesto en contra nuestras propias palabras alguna vez. A todos los que hemos hablado de más por haber pensado de menos y luego hemos tenido que tragárnoslas. “Jamás haré tal cosa”- hemos asegurado y ese“jamás” se convierte en “¡para qué hablaría!”. La madurez nos ha ido enseñando a racionalizar nuestras conversaciones o a matizar nuestras ideas por el bien de nuestra integridad social. Ya sabemos que es muy fácil criticar a los demás, cuando la crítica no se trata de nosotros. Tampoco pretendamos estar de acuerdo con todas las conductas. Más bien, lo aconsejable sería respetar las opiniones respetables, aunque no compartamos el contenido de las mismas. Esto se llama “prudencia”, una virtud muy valorada que sólo poseen algunos elegidos. Probablemente el ego nos impida callar, pero para eso ya está el tiempo, ese gran sabio que nos va colocando a cada uno en nuestro sitio, y a veces, nos deja sin ningún lugar, “por bocazas”.
Si el señor León de la Riva se da por aludido o no, es su problema, pero sus comentarios, es posible, que al final sean un problema para todos si no modula sus impulsos. No es mi intención insultarlo ni denigrarlo, simplemente debe recordar, él y todos los demás que los ciudadanos necesitamos políticos inteligentes y ya estamos empezando a cansarnos de que la palabra “inteligente” parezca una utopía. No importa el color del partido, una persona con un cargo público debe intentar cultivar la prudencia como parte de su trabajo y si no puede, debería dimitir, aunque, claro, en este bendito país, ya se sabe, la dimisión en la clase política no sólo parece una utopía, lo es. 

jueves, 10 de julio de 2014

Yo miento, tú mientes, él miente...

Todos conocemos a personas mentirosas compulsivas, de esos mentirosos poco creíbles y poco confiables que nada tienen que ver con los engaños de muchos políticos“caraduras”, aunque estos últimos también sean mentirosos poco creíbles y poco confiables. Afortunadamente hay pocos mentirosos compulsivos y los que hay, supongo, estarán tratándose convenientemente en las Unidades de Salud Mental, si no quieren ser “castigados” por la Sociedad con el alejamiento y la ausencia de amigos.
Hoy me enfrento a una pregunta inquietante: ¿qué nos aporta al ser humano la mentira? Evidentemente algo deber aportar para haberla fijado en nuestro ADN. El niño aprende a mentir alrededor de los tres años, sin que nadie se lo enseñe. Para ello, primero tiene que distinguir la realidad de la ficción y posteriormente aprovecharse de esa ficción para convertirla en una realidad con beneficio. Si no hay beneficio no hay mentira. Desde que tenemos conciencia y de eso hace ya unos miles de años, nos enfrentamos a la verdad como única opción válida de vida, hasta que por alguna extraña razón la mentira se convierte en un parapeto para salvaguardar nuestro yo, y por ende, nuestra propia supervivencia.
Hemos desarrollado la capacidad de mentir, entre otras cosas, para evitar conflictos. Esta capacidad es innata, a veces instintiva. Hay ciertos animales que se hacen pasar por muertos para evitar ser atacados por otros depredadores, como un tipo de serpiente llamada Heterodon nasicus. Entonces, ¿la mentira es otra forma más de supervivencia? Afirmarlo con rotundidad podría ser erróneo, pero si lo pensamos, a todos nos ha pasado alguna vez esta situación: Vamos caminando. En la otra acera vemos venir a esa persona pesada que por cualquier razón no nos apetece saludar y hacemos como que no la hemos visto. Entonces él/ ella nos ve y nos saluda. Como ni miramos, se cruza de acera y nos exclama: ¡Pero Fulanito!, ¿no ves que te estoy saludando? Entonces, nosotros no decimos la verdad. No decimos “no me apetecía hablar contigo” y decimos “no te había visto”. ¿Por qué no decimos la verdad? Porque esa mentira protege nuestro ego y no produce males mayores que el de la propia mentira y porque el vecino pesado nos importa poco, todo hay que decirlo. Otra forma de protección del ego, es cuando mentimos para tapar nuestras inseguridades. Son mentiras piadosas que tampoco implican daño a la persona a la que mentimos sino más bien, sirven para curar las heridas de nuestras debilidades. Recuerdo una vez que pregunté a un niño de nueve años: “¿Has suspendido alguna asignatura?” y él me respondió: “No”. Entonces, la madre le regaño por mentir porque había suspendido tres asignaturas. Yo le pregunté la razón por la que me había mentido y me dijo: “Es que decirte la verdad me duele”. El no quería hacerme daño a mí con su respuesta, sino minimizar el daño de su inseguridad. Fue una respuesta impulsiva, probablemente no la pensó y dijo lo primero que le vino a la mente. Aquello menos doloroso. No hubo engaño, sólo mentira. Nuestra autoestima no es tan fuerte como para decir siempre la verdad, aunque nos eduquen para ello. Las mentiras piadosas evitan conflictos innecesarios y son necesarias para aumentar la supervivencia. El engaño es otra historia. El engaño se prepara, se premedita con un objetivo mucho más egocéntrico, sabiendo el daño que podemos causar a la persona engañada.
La mentira impulsiva, no pensada, puede ser perdonable; el engaño es mucho más difícil de perdonar porque implica un desarrollo pensado y calculado del proceso, lo que determina una pérdida de confianza hacia el defraudador.

En cualquier caso, cuando alguien nos importa, deberíamos decir siempre la verdad porque como dijo un filósofo con alma divina: “la verdad os hará libres” y aunque la mentira impulsiva esté en nuestro ADN, la experiencia nos demostrará que la gente que nos quiere, nos aceptará con nuestros defectos y nuestras virtudes y nos perdonará cuando les pidamos perdón. Si tenemos seguridad en nosotros mismos, nuestros errores serán nuestros aliados para hacernos más fuertes , seremos personas confiables y aquella frase de una canción antigua " soy caballero, mi código es el honor y mi palabra vale lo que valgo yo" será nuestra tarjeta de presentación. Con esta tarjeta se nos abrirán todas las puertas del éxito y seremos un poco más felices... por cierto. 

jueves, 15 de mayo de 2014

Los hombres buenos no follan bien

Los hombres buenos no follan bien.
¿Qué ha dicho usted?- pregunté sorprendida.
Digo que los hombres buenos no follan bien.
Aquella mujer me miraba con descaro. Yo estaba sentada en un banco del parque leyendo un best seller de esos de literatura fácil cuando me percaté de su presencia. Realmente no me percaté de su presencia, fue su voz la que me hizo dejar de leer y mirarla. No sé cuánto rato llevaría sentada a mi lado ni si había estado observándome durante mucho tiempo pero cuando la vi me quedé más sorprendida aún que cuando le hice repetir esa frase tan rotunda. Me pareció guapa y eso que el tiempo había calado en ella haciendo mella en su piel en forma de arrugas dispersas por su rostro, pero aun así, sus ojos azules reflejaban destellos de una belleza que se negaba a desaparecer por completo. No sabría calcular su edad, probablemente rozaba los sesenta, o los pasaba. Llega un momento en la vida de una persona en que el tiempo puede ser un aliado o un enemigo. El maquillaje y un buen peinado pueden disimular y hasta confundir nuestras conjeturas sobre la edad cronológica de una persona. Y la cirugía estética, claro. Mi vecina de banco estaba bien peinada, maquillada y se había hecho algún retoque de cirugía estética sin resultar patético, como suele ocurrir en la mayoría de las personas que abusan de estas técnicas.
¿Te ha intimidado esta afirmación?- me preguntó con determinación.
Bueno, más que intimidar me ha descolocado. No lo esperaba y tampoco sé que quiere decir con eso ni por qué me lo ha dicho a mí.
Ha sido una reflexión. Estabas ahí ensimismada en tu lectura que no te has dado cuenta del desasosiego de la chica del banco de enfrente. Lleva ahí más de veinte minutos y ha estado mirando el reloj cada dos minutos y el teléfono cada diez segundos, hasta que ha aparecido el de la cita, con esa cara de “cabrón con pintas”. Después, él la ha besado y ella ha sucumbido al deseo. Entonces, he pensado: “A ésta no la han follado bien en la vida; éste chico la ha vuelto del revés”. Y te diré más, no tiene nada que ver con su falta de atractivo, perdona mi sinceridad, tiene más que ver con la capacidad de él o con su forma de tratarla sexualmente. No parece tener ningún interés en ella salvo para su propio interés, digamos “carnal”. Eso va a producir un desequilibrio hormonal en ella porque él no tendrá reparos a la hora de expresar libremente sus intenciones. Seguramente, ella no se casará con él, aunque se sienta atraída por el hombre apasionado y desestabilizador que la volverá loca, como casi todas las mujeres, por cierto. Se casará con el hombre “bueno” incapaz de hacerla estallar de placer. Casi siempre pasa. “El cabrón con pintas” sólo vale para“eso”. Las mujeres necesitamos una relación estable y éstos son poco estables. Además, tengo la sensación que mi reflexión también se cumple a la inversa. Los hombres se casan con mujeres “buenas” pero desean a las “malas”. Con la palabra“malo” o “mala” no me refiero a los maltratadores o maltratadoras, me refiero a los despojados de complejos, inseguridades, represiones o a los independientes emocionales. También son “malos” los infieles, porque hacen sexo con una amante como le gustaría hacerlo con su mujer.
¿Es usted psicóloga o algo así? Me parece un poco injusta esta reflexión. Encasillar de esa forma a las personas es una afirmación muy atrevida y hasta falsa, creo yo. Generalizar es muy peligroso.
No soy psicóloga pero haber sido puta durante treinta y dos años, me da cierto conocimiento sobre cómo follan los hombres y ser mujer me da cierta idea de cómo piensan las mujeres. Es cierto, generalizar es peligroso, pero si no tengo razón ¿por qué ha tenido tanto éxito “Las cincuenta sombras de Grey” si el tal Grey es un enfermo que sólo folla duro? No lo digo yo, lo dice él en el libro. Si hubiese sido un hombre atento, amable y sensible con toda la parafernalia que rodea al amor sensible, esa obra hubiese pasado inadvertida. Entonces, ¿por qué ha tenido tanto éxito? Porque a las mujeres heterosexuales nos encanta la impulsividad de la testosterona. Nos encanta el sexo duro, por lo menos de vez en cuando.
Bueno, eso puede ser cierto, pero el amor es una mezcla de deseo y empatía, de respeto y admiración capaz de hacer sentir con la piel cuando roza el alma. Un libro es sólo una utopía, la realidad es otra. La realidad del amor supera a la ficción de la testosterona. Cuando un hombre te importa de verdad y lo amas, cualquier caricia regalada deja una estela de placer irresistible. Los cuerpos van acompasándose con el tiempo y se acoplan como dos piezas de plastilina.
El amor es un concepto muy ambiguo. El tiempo destruye el deseo, esa es la realidad y ese respeto del que hablas, a veces puede ser negativo, en la cama, me refiero. De tanto respeto, los cuerpos se hermanan entre las sábanas. Si supieras la de hombres casados que se van de putas... Podría contarte miles de historias con un final parecido. Los hombres no sólo me pagaban por mis servicios, muchos de ellos me contaban secretos y otros simplemente sentían la necesidad de tener sexo placentero sin represiones. Seguramente a las mujeres nos ocurra lo mismo. Todos tenemos un Jekyll y un Hyde sexual en nuestra mente, otra cosa es que nunca mostremos ese Hyde por vergüenza. Lo ideal sería tener un hombre” bueno”fuera del dormitorio y el mismo pero “malo”, dentro; esto sólo ocurre al principio de las relaciones y no siempre, ya te he dicho que a veces elegimos pareja para formar una familia y descuidamos un poco la pasión en pos de la estabilidad.
Pues yo me niego a creer lo que dice. Me gustan los hombres buenos, no soporto a los“cabrones con pintas” como usted los llama. Grey es un manipulador; no creo que en la vida real muchas mujeres se excitasen con un hombre así, o por lo menos quiero creer aún en el romanticismo.
Así que te gustan los hombres buenos...
Mi vecina se levantó del banco, miró el reloj de soslayo y dijo:
Haces bien, eso indica una mente sana. El masoquismo fuera de la cama es una pérdida de dignidad.
Siguió hablando a modo de sentencia.
Si prefieres a un hombre bueno a tu lado, sólo te quedará un camino para ser feliz en pareja.
¿Cuál?-pregunté yo con curiosidad.
Hacerlo“malo”.


Se fue sin mediar más palabras. Me quedé observándola mientras se alejaba lentamente como quien lleva el peso de la vida a cuestas. No vi su rostro pero en la lejanía su mano fue hacia uno de los ojos, como apartando una lágrima indiscreta. Quizás aquella lágrima llevaba escrita el nombre de algún hombre de un pasado muy lejano o quizás sólo fuese una pequeña ráfaga de viento en su cara. Quizás.