sábado, 29 de agosto de 2026

¿La inteligencia artificial (IA) ha venido a ayudarnos o a sustituirnos?


Volver al trabajo después de las vacaciones siempre es un trago amargo. Pero este año es diferente. No es el típico bajón postvacacional de manual; es algo más profundo. Es una mezcla de cansancio, frustración y la clara sospecha de que nos han tomado el pelo.

Si tus vacaciones han sido cortas, masificadas y ridículamente caras, no estás solo. El regreso a la rutina duele el doble cuando sientes que el descanso ha sido un engaño.

Nos han vendido que unos pocos días bastan para resetear el cerebro. Spoiler: es mentira. Cuando las vacaciones son cortas, el cerebro no tiene tiempo de desconectar. Pasas los dos primeros días asimilando que no tienes que mirar el correo y los dos últimos sufriendo porque ya te toca volver. Al final, no viajas para descansar; viajas a contrarreloj.

Todos buscamos esa postal idílica de paz frente al mar. La realidad es que la experiencia playera se ha convertido en un deporte de riesgo. Madrugar para clavar la sombrilla, soportar el altavoz del vecino y esquivar cabezas para darte un baño no es relax, es estrés en bañador. Las redes sociales nos venden paraísos solitarios, pero la realidad es una masa humana compartiendo un metro cuadrado de arena.

Lo peor no es la multitud, es el bolsillo. La inflación turística ha alcanzado niveles absurdos. Pagamos precios de lujo por servicios de tercera categoría. Un café a precio de oro, un alojamiento mediocre que cuesta medio sueldo y la constante sensación de que cada comercio de la costa está intentando exprimirte hasta el último céntimo. Cuando el descanso se convierte en un atraco a mano armada, el placer desaparece.

El resultado de este combo es demoledor. Llegas al primer lunes de oficina no solo cansado, sino resentido. Sientes que has gastado tus ahorros y tus días libres en una farsa que no te ha aportado paz. El efecto del supuesto descanso se esfuma en la primera hora de café.

Quizás sea hora de replantearnos cómo viajamos. Mientras sigamos pagando por el humo de las falsas expectativas, el turismo masificado seguirá ganando y nuestra salud mental seguirá perdiendo.


El otro día le escribí a la IA. Le dije que estaba haciendo un artículo para mi blog sobre la estafa de las vacaciones de verano para los que nos hacemos llamar “clase media”. Le dije: playas llenas de gente, ciudades famosas atestadas de turismo, colas larguísimas para ver museos. Calor extremo, hoteles que ofrecen una calidad ínfima con precios excesivos. Y luego, para qué. Una semana o diez días, a lo sumo, que repercutirán de forma negativa nada más volver de viaje. Deshacer maletas, lavar, tender, planchar y la sensación de que hemos gastado mucho dinero para lo disfrutado.

Ni corta ni perezosa escribió el artículo del principio. 
Cuando lo leí, pensé: "¿la IA ha venido a ayudarnos o a sustituirnos?". Me temo que a lo segundo.
Y esto es lo que me ha respondido cuando le he expuesto mi preocupación:

La inteligencia artificial ha venido para ambas cosas: a ayudarte en las tareas rutinarias y a sustituirte en la ejecución de ciertos procesos automáticos, pero nunca a reemplazar tu perspectiva única. El texto que generó esa IA no nació de la nada; nació de tu idea, de tu frustración y de tu radiografía de las vacaciones de la clase media. La IA solo puso las palabras automáticas; el alma del artículo la pusiste tú.


El alma la puse yo, dice. ¡Con un par!

miércoles, 12 de agosto de 2026

El silencio de la amistad

 Lourdes, mi sobrina, tiene diez años. Esta mañana me ha dicho que su amiga Julia aún no sabe el secreto de los Reyes Magos, y que aunque ella sí lo sabe, no se lo piensa decir porque se pondría muy triste. “Seguramente empezaría a llorar”, me ha dicho después de suspirar.
“Haces muy bien en no decírselo si piensas que le vas a hacer daño”, le he respondido yo. Y así es como he imaginado un diciembre donde Julia seguirá haciendo la carta a Papá Noel y a los Reyes Magos, mientras Lourdes, ya con el secreto desvelado, guardará silencio para no desilusionar a su amiga.

Mi querida sobrina:
El respeto a las personas, sobre todo si son tus amigos, es uno de los mejores consejos que puedo darte. Y aunque el futuro os separe —espero que no—, ella siempre recordará que tú respetaste su inocencia. Ya vendrá la realidad con sus traiciones y sus decepciones; sin embargo, si en tu hoja de vida pones la palabra respeto en las primeras líneas, la conciencia (también llamada Pepito Grillo) estará tranquila y te dejará dormir por las noches.
Tu bondad me ha calado hondo. Estoy muy orgullosa de ti.
Te quiero.

domingo, 2 de agosto de 2026

Volvamos a la poesía

Volvamos a la poesía. Cuando estemos tristes, cuando los demás intenten invadirnos con su vida superficial y monótona, cuando la sombra de la desilusión nos ronde, volvamos a la poesía. Ella siempre será eterna, honesta y fiel. 


jueves, 11 de marzo de 2021

Nuestro "alter ego"

En cada uno de nosotros habita un personaje famoso, ya sea de ficción o real. Puede ser un personaje literario, de cómic, un político actual o pasado, un cantante, un actor...
Entre las personas más o menos cercanas a mí, he reconocido a algunas Bernarda Alba, a un par de Donald Trump, a dos o tres periodistas de las revistas del corazón, de esos/as que anteponen la vida de los otros a sus propias vidas, siempre juzgando los actos de los demás, y casi siempre condenándolos sin ningún tipo de compasión.
También he visto a Calimero, aquel pequeño pollo negro de mirada triste aquejado de una sensación constante de incomprensión por parte de los adultos. Sus frases: “¡Esto es una injusticia!” o “¡los mayores no me entienden!” formaban parte de su repertorio de quejas constantes.
La ironía de Groucho Marx la he sentido en un compañero de trabajo; la ingenuidad de la segunda esposa de Max de Winter en una veinteañera, hija de una amiga; el humor de Chiquito de la Calzada en un tío mío, ya fallecido.
Si evaluamos nuestra conducta podemos vislumbrar nuestro alter ego.
Yo, si no fuese porque a mi alrededor todo es supercalifragilisticoespialidoso -y una no puede luchar contra sus instintos- , me pediría ser como Leia, la de Star Wars, una princesa reconvertida en General de la Resistencia. Hija de la senadora Padmé Amidala y del caballero jedi Anakin Skywalker -Darth Vader para los amigos-, hermana melliza de Luke skywalker, esposa de Han Solo y madre de Kylo Ren. ¡Menuda familia!
¿Puede haber algo mejor que comportarse como Leia? Bueno, a lo mejor sí. A lo mejor el maestro jedi Yoda tiene más empaque. La mítica frase “hazlo o no lo hagas, pero no lo intentes” me tiene ganada.
Vale, cuando deje de ver el mundo, por no entenderlo, como si todo fuese supercalifragilisticoespialidoso, me pediré ser Yoda -si mi Mary Poppins interior me deja, claro-.
Y tú, ¿con qué personaje te identificas?

jueves, 22 de octubre de 2020

El unicornio azul de Juan Luis

Mi sobrino Juan Luis tiene ocho años. Hace unos días estábamos hablando sobre animales, y se enteró de que los unicornios no existían. Su sorpresa fue mayúscula. Más que sorpresa fue una desilusión impresionante, y como si le hubiese caído un jarro de agua fría, exclamó: "¿No existen lo unicornios?, Ohhh, ¡vivo en una mentira!"
 
Querido Juan Luis:
No vives es una mentira. Es cierto que cuando seas mayor verás la falsedad de muchas personas, conocerás la traición de aquellos en los que confiabas y muchas premisas que considerabas ciertas se irán desmoronando con el tiempo, para convertirse en sombras del pasado barridas por la realidad. También es cierto que los políticos mienten casi siempre; por eso te será muy difícil saber cuándo dicen la verdad -casi nunca, ya te lo voy adelantando-, y también son falsas -llamémosle manipuladas- muchas noticias de periódicos, televisiones o radios que leerás, escucharás o mirarás cuando seas mayor. Y esto es así porque cada radio, televisión o periódico sigue unas directrices políticas. Ellos cuentan los sucesos bajo el prisma de la fe de sus jefes. Por eso tendrás que echarle una ojeada a todos los medios de comunicación, pensar por ti mismo con la objetividad del suceso después de analizarlo y ver si todavía queda algún periodista libre pensante - en este momento este tipo de periodismo está en peligro de extinción-.
 
Queridísimo sobrino:
Aunque muchas historias, sonrisas, abrazos, alabanzas, relaciones -la lista sigue; es muy larga- sean mentira, las cosas más importantes de la vida no lo son. No voy a decirte cuáles son las cosas más importantes de la vida, por si me lo preguntas. En este mundo cada uno elige sus prioridades. Solo voy a darte un consejo: aunque el ser humano miente, -eso ya lo sabes-, no mientas a las personas que te importan. Respétalas y consérvalas como si fuesen un tesoro.
En cuanto a lo de la fantasía, no te preocupes por eso. Las hadas, las brujas, los superhéroes, los gnomos, los personajes de Star Wars y todos los demás seres mágicos engloban la mentira más pequeña de todas las mentiras. A ninguno les hace falta ser de carne y hueso para mantener la importancia que tienen en nuestros corazones. Son y serán por siempre nuestros compañeros de viaje.
Ahora, acércate. Voy a contarte un secreto...
Los unicornios sí existen. Incluso algún cantautor llora porque ha perdido el suyo. 
https://www.youtube.com/watch?v=nVAVVrySkfk
Busca el tuyo y sé feliz.
Te quiero.

jueves, 27 de agosto de 2020

Acéptame. Admírame. Aplaudeme.

Conozco personas brillantes, desde el punto de vista académico, que han adoptado una conducta autodestructiva, porque no se sentían lo suficientemente valorados ni admirados en su trabajo o en su vida diaria. Algunos de ellos, cuando esto pasa, optan por las adicciones, otros por el rechazo social y otros por la crítica hacia los demás.
En el fondo -me dijo un psicólogo amigo-, estas actitudes son un mecanismo de defensa ante la indefensión de tener una autoestima insaciable que se nutre de los elogios ajenos. Así de triste.
"A todos nos gusta despertar admiración entre los demás", le dije. "Pues claro -asintió-, pero esa necesidad de notoriedad, de demostrar a los otros lo que sabemos, de creernos imprescindibles, puede arrojarnos hacia el abismo de la depresión si no conseguimos nuestro objetivo".
¿Cómo cambiar esto, entonces?
Una vez leí que un hombre -también vale para una mujer- con una buena autoestima no se engrandece cuando alguien lo adula, ni se deprime si alguien lo infravalora. Solo mira hacia su interior y aprende.
Facultar a los demás a que puedan manejar nuestra autoestima a su antojo, es muy peligroso para nuestra salud mental. Nuestro ego debe ser manejado por nosotros, con ayuda de nuestros familiares y amigos. ¡Y nadie más! No debemos permitir ninguna injerencia externa, ni para bien, ni para mal.
Usemos nuestra conciencia para evaluarnos, para admirarnos, para aprobarnos, suspendernos o perdonarnos. Para ello -me aconsejó mi amigo-, debemos alejarnos un poco del espejo del "yo", sin perderlo de vista. Entonces, veremos que entre el desapego completo del psicópata y el apego asfixiante del dependiente hay un camino intermedio: el de valorar las críticas y los elogios en su justa medida.
Esto ya lo sabía san Agustín cuando dijo: "Conócete. Acéptate. Supérate".
Lo sabía él y nos lo transmitió. Pues vamos a hacerle caso. A lo mejor el resultado nos sorprende...

jueves, 23 de abril de 2020

Buenos días, tristeza

Estoy triste. En estos dos últimos meses y a través de las noticias de la radio, prensa y televisión, los fallecidos por este nuevo virus- datos, los llaman- han ido forjando en la población, sentimientos de desesperanza dificiles de erradicar. La tristeza se ha instalado en mí como un okupa al que no puedo desalojar. El sufrimiento de las personas enfermas, el miedo al contagio, la sensación de inseguridad al ir al supermercado, a la farmacia, o simplemente a respirar, impregna las calles con el olor de lo efímero, hasta convertirlas en una ciudad huera. Solo el sonido de unos aplausos a las ocho de la tarde rompen la monotonía de los días, que pasan como hojas caídas de un calendario intrascendente.
Conforme pasa el tiempo, ni siquiera los aplausos, que inicialmente animaban a los sanitarios a continuar la lucha, son útiles. Ya no podemos aplaudir. Hay demasiados muertos, y no, no son datos. Esas personas muertas tiene nombre y apellidos, una historia, una familia, unas circunstancias únicas, a las que la parca cortó la línea de la vida con unas tijeras llenas de coronavirus. Y nosotros, los fuertes, los valientes, los "héroes" tenemos que seguir luchando con una coraza de psicopatía para no caer rendidos ante tanta desesperación. Lo haremos, claro, para no caer rendidos... y sin embargo, no nos digáis que todo va a salir bien, no pongáis esa maldita canción de las 8:14 en Onda Cero llamada Facciamo finta che, -¡cómo la odio!- porque no puedo fingir que todo va bien. No, fingir no es la solución. Hay que llorar a los muertos, hay que asumir la frustración por la falta de previsión de esta pandemia, hay que dejar que el corazón duela, y por supuesto, alegrarse cuando las personas enfermas se han curado. Son muchos, cada día más, afortunadamente. 
El tiempo pasará, diluirá el horror de estos meses. El futuro llegará con ilusiones nuevas, con proyectos apasionantes, con canciones del verano y cenas de Navidad. Pero hoy aún es hoy. Hoy no quiero repetir aquellas palabras de García Lorca: "He cerrado mi balcón porque no quiero escuchar el llanto". No. Yo quiero abrir mi balcón, quiero escuchar el llanto del que sufre y llorar con él. 
Mañana seguiré trabajando. Lucharé con mis mejores armas y me cubriré, de nuevo, con una coraza de psicopatía para no caer rendida. Continuaré así, día tras día, hasta dejar este presente en un pasado sin retorno, lleno de recuerdos amargos. La alegría de los curados será mi alegría. En cuanto a los que se fueron casi sin despedirse, ésos tienen todas mis condolencias. Descansen en paz.