jueves, 16 de noviembre de 2017

Los descendientes de Maquiavelo

Mis primeros escarceos con el baloncesto comenzaron cuando yo tenía 12 años. Diez chicas de sexto de EGB empezamos a instruirnos en este deporte, con la ilusión de quien descubre un tesoro escondido. Nos entrenábamos con tesón, una o dos veces por semana. Nuestro entrenador nos enseñó las reglas básicas de este deporte, y nosotras le obedecíamos en sus decisiones. En el equipo, como casi en todo en la vida, había niñas más y menos talentosas en el arte de encestar, de marcar al contrario o de pasar la pelota cuando la otra compañera estaba en una posición favorable. Yo, sin ser de las peores, tampoco era de las mejores. Me defendía corriendo mucho-eso sí lo hacía muy bien- aunque mi precisión de meter el balón en la canasta no fuese "espectacular".
Recuerdo un partido en especial. Nosotras jugábamos contra otro equipo muy similar al nuestro. Estábamos muy ajustadas en el marcador y quedaban menos de ocho minutos para el final. Las tres mejores jugadoras habían sido relegadas al banquillo porque ya habían salido los tres tiempos anteriores, y los cambios que el entrenador había hecho le habían obligado a "sacar" a otras más mediocres como yo. En un momento determinado el marcador se igualó. Nuestro entrenador se echó las manos a la cabeza. Hizo un gesto al árbitro para exigir un tiempo muerto. Cuando nos acercamos a él, me dijo algo al oído:" Ahora, cuando se reanude el partido, haces como que te has torcido un tobillo, cojeas un poco y pides el cambio". No sé si él notó mi confusión pero yo realmente estaba confusa. Aun así, hice lo que me dijo: hacer trampas para ganar.
Un año después me cambié de colegio. Mis padres habían comprado un piso en la otra punta del pueblo, y mi nuevo colegio también había decidido tener un equipo de baloncesto femenino. Esta vez una de las mejores jugadoras era yo, básicamente porque las otras compañeras no habían visto una canasta de cerca en su vida.
Antonio, así se llamaba este nuevo entrenador, tenía un carácter afable. Lo recuerdo como una buena persona, tranquilo, íntegro, sin la personalidad impulsiva del anterior.
Como es lógico, aquel año no quedamos de las primeras clasificadas. Eso no impidió que en la fiesta de fin de curso jugásemos un partido con un equipo femenino de un pueblo cercano, al que pretendíamos vencer. Esas chicas eran sensiblemente mejores que nosotras. En un encuentro previo nos habían ganado por algunos puntos, no recuerdo el número. Aquel partido de fin de curso jugábamos en nuestro colegio. Queríamos ganar. Era nuestro colegio, nuestro público y nuestro pueblo. En el cuarto tiempo me tocó salir del campo porque ya había jugado los otros tres. Yo, sin poder quedarme en el banquillo por la ansiedad que me producía no estar en el juego, me fui nerviosa hacia la puerta principal, y mientras bebía un refresco, escuchaba sin querer ver, las voces de ánimo del publico asistente a nuestras chicas. Entre aquellas voces reconocí a la de Antonio dando órdenes a las jugadoras: "Mari Carmen, a la derecha; Elena que no se te escape la número 9; sube más Cristina, venga, mira, mira a tu derecha... tira, ahora". Cristina tiró, metió una canasta y el partido finalizó. Ganamos por dos puntos. Fui corriendo hacia el centro del campo con lágrimas en los ojos. Nos abrazamos todas entre el aplauso de nuestros padres y el de Antonio que estaba orgulloso de sus campeonas.
Desde entonces hasta el día de hoy, he conocido a seres humanos con y sin valores.  Los segundos, con una actitud poco honesta para algunos aspectos de la vida, que para conseguir sus objetivos no dudan en hacer cualquier cosa que pueda hacerse sea legal o no, alejados de toda ética o moral. Esas almas opacas son los descendientes de Maquiavelo. Trileros capaces de traicionar, engañar o tergiversar situaciones solo para conseguir lo que nunca hubiesen podido llegar a obtener, sin usar métodos mafiosos.
Que hay que echar a algún trabajador para "poner" a un amigo, pues se calumnia al antiguo trabajador. Si me gusta esa mujer y soy un jefe (escribir cualquier insulto) sin escrúpulos- también vale para algún productor de Hollywood tan de moda últimamente- pues le hago propuestas deshonestas y si no "pasa por el aro" no la contrato. Que soy poderoso y algún periodista escribe algo sobre mí que me desagrada, uso mi poder para despedirlo. Si para mantener mi trabajo he de traspasar las líneas rojas de lo correcto, o tomar decisiones injustas y carentes de ética, pues traspaso líneas rojas o los colores que hagan falta. Y así con todo.
Entonces, cuando veo a este tipo de personas vacías de luz, me acuerdo de mis padres, de mis profesores, de las buenas personas que me aconsejan en la vida, de Antonio y de sus valores íntegros, y ruego a cualquier dios, diosa o divinidad que no me deje caer en la tentación del camino fácil incorrecto. Todos tenemos un precio, lo sé, aunque algunos preferimos no saber por cuánto nos venderíamos. Podemos hacer las cosas mal, de hecho nos equivocamos con cierta frecuencia, por lo menos yo. Podemos hacer daño al otro sin pretenderlo y eso es perdonable, pero la maldad es otra cosa.

Estoy segura de que aquel día si no hubiésemos ganado, Antonio nos habría alentado igualmente. Nos habría enseñado a luchar, a perseguir nuestros sueños, a conseguirlos sin trampas, sin "hacer como que te has torcido un tobillo", sin actuar para perjudicar a otros. Nos habría enseñado a no ser "los descendientes de Maquiavelo". 
No hacía falta ganar a toda costa: hacía falta llegar a ser mejores por nuestros méritos y si eso no podía cumplirse, lo mejor hubiese sido saber perder con dignidad.

jueves, 13 de julio de 2017

La mirada triste del hijo de Donald Trump

Hace unos meses vi una foto de Donald Trump exhibiendo “poderío económico”. En esa foto estaba sentado en una silla estilo Luis XV con las patas doradas- las de la silla, no las del presidente-, una sonrisa de oreja a oreja y las manos situadas entre las rodillas entreabiertas. La comunicación no verbal y los partidarios de Freud interpretarían su pose como una demostración de macho alfa intimidante. Desde luego, si fuese en el metro de Madrid podrían llamarle la atención por estar “despatarrado” y no dejar sitio a los demás, pero como estaba en su casa tenía la potestad- eso parece indicar por su expresión- para sentarse como le diera la gana, estuviese  fotografiándolo un profesional o su primo hermano.


Detrás del presidente se veían dos columnas de algo parecido al mármol con las cúpulas doradas y al otro lado de la sala, otras dos columnas exactamente iguales. Al fondo, justo detrás de los cristales, la gran ciudad. O sea, estamos en la parte alta, muy alta, del edificio Trump. Podría ser un gran salón si tenemos en cuenta el sofá que se ve a la derecha de la foto; eso, o un despacho enorme. De pie, está ella: Melania, que ha colocado sobre su cuerpo una tela rosa palo a modo de faldilla de mesa camilla dejando al descubierto las rodillas y el hombro derecho. Vista así de frente podría pasar por una modelo o un maniquí de tienda cara. Bella, eso sí. La genética la acompaña y no vale decir que ha pasado por el cirujano plástico más de una vez. Muchas pasan, las “dejan” con menos arrugas  pero no más guapas. Ser guapa es un don que la genética regala a quién le da la gana. La belleza es una dictadura por mucho que el dinero parezca embellecer al que lo posee, y si no que se lo digan a algún director deportivo de Fórmula 1 entrado en años acostumbrado a pasearse con modelos jóvenes y guapas. Otra cosa es la felicidad. ¿Uno es más feliz cuanto más dinero tiene? -podríamos preguntarnos-. La respuesta la tuve un segundo después cuando mis ojos se dirigieron hacia el niño de ambos. Un niño de unos seis o siete años, montado a conciencia sobre un león de peluche; serio, sin parecer importarle la fastuosidad del decorado ni los coches de juguete que estaban a los pies del león. Está incómodo- pensé- .No está relajado -seguí elucubrando-. Volví a mirarlo otra vez, con su traje, su corbata, disfrazado de hombre, sentado a horcajadas sobre aquel león y me lo imaginé llorando porque no quería ni subirse al animal ni vestirse así.
A los niños les preocupa mucho menos las apariencias que a los adultos. Nos enseñan a distinguirnos de los demás económicamente cuando vamos haciéndonos mayores, señalándonos determinadas marcas de ropa distintivas de clase alta, el lugar y el hotel elegido para las vacaciones, los regalos de Papá Noel o el tipo de casa en que vivimos, porque hasta entonces, pensamos que todos nacemos iguales. Luego la realidad se impone y nos va poniendo a cada uno en el sitio que nos ha tocado vivir, concretamente a este niño, sobre el lomo de un león de peluche. Reconozco que cuando lo vi empezó a caerme bien y sin saber por qué comencé a indagar sobre su vida. Supe que era el quinto hijo de Donald y el primero de su tercera esposa. El golf, los aviones y los helicópteros destacaban entre sus gustos favoritos. También comentaban su predilección por llevar traje y corbata, que hablaba tres idiomas y tenía la costumbre de ponerse crema de caviar después del baño.
De la foto que he descrito anteriormente han pasado ya unos años y en este momento, Barron ya es casi un adolescente. En estos momentos dudo que quiera subirse a ningún animal inanimado por muy rey de la selva que sea. Es lo que tiene crecer: poder tomar nuestras propias decisiones acertadas o no independientemente de los demás, incluidos los padres. Melania habla de él como un niño “muy fuerte, muy especial e inteligente” y estoy de acuerdo con ella. Hay que ser muy fuerte y muy especial para enfrentarse a las críticas de las redes sociales cuando haces o dices “cosas” que los ciudadanos suponen anómalas. Somos así de entrometidos y “bocachanclas”,  y lo digo también por mí. Cuando vi la primera vez la foto del niño sobre el león pensé en la mirada triste del hijo del Presidente y en lo poco contento que se mostraba teniéndolo casi todo en la vida. El fotógrafo podía haber hecho el retrato en un día en que el niño estaba cansado o con fiebre o simplemente no haber tomado una buena foto, y sin embargo especulé sobre su gesto infantil más allá de eso: un simple gesto. 
No me siento mal por ello. A la mayor parte de los humanos nos gusta hablar de los demás, especular a diestro y siniestro sin contrastar la verdad. Nos contentamos con inventarnos las historias cuando no sabemos la realidad de las mismas. Criticamos sin pensar en las consecuencias, sin ahondar en la certeza de nuestras opiniones, pero qué le vamos a hacer, forma parte de nuestra naturaleza dar opiniones propias como si fuésemos importantes o como si nuestras opiniones sentasen cátedra.

Eso mismo ha hecho un youtuber hace unos meses. James Hunter, así se llama,  ha especulado sobre la posibilidad de que el hijo del presidente padezca un trastorno del espectro autista  que la madre ha negado, amenazándolo con denunciarlo si no retiraba su video.  Me parece una actitud admirable lo de la madre. Tenga o no tenga un trastorno del espectro autista el hijo del presidente, a este hombre no debería importarle lo más mínimo y mucho menos poner un vídeo sugiriéndolo. Esa circunstancia, si es que existe, no cambiará nada el rumbo de un país, aparte de hacer carnaza para uso y disfrute de algunos, aunque quiera envolverlo en el papel de la falsa inclusión social de personas con trastorno del espectro autista. Hacer daño gratuitamente con determinados comentarios sobre las personas, pero más aún con menores,  sean o no hijos de famosos, tendría que tener una respuesta legal disuasoria.  Un menor no puede defenderse de las especulaciones que los humanos, tan acostumbrados a criticar a los demás, soltamos como si fueran bombas, sin precisar las consecuencias que nuestros comentarios puedan tener en ellos. Una madre o un padre, en este caso Melania, ha salido a defender a su hijo de los comentarios implacables de un youtuber cualquiera, y me parece una decisión muy acertada, como escribí anteriormente. Tenga lo que tenga Barron Trump no es de nuestra incumbencia.  Yo creo a Melania cuando ha descrito las cualidades de su hijo, y no dudo de la veracidad de su discurso al hablar sobre él, al fin y al cabo ella lo conoce mejor que nadie. Si es “muy fuerte, muy especial e inteligente” mucho mejor para el niño y para América. Algún día no muy lejano necesitará la fuerza y la inteligencia para enfrentarse al mundo, como el resto de los humanos, por cierto. 



jueves, 18 de mayo de 2017

Los goles de nuestra vida

-¡ Así no, Héctor! ¡Regatea, coño!- la voz alterada de un padre se elevaba por encima de la del entrenador, que a duras penas podía dar instrucciones a los niños sin ser interrumpido por el público asistente.
- ¡Eso es falta!- una madre gritaba al aire, señalando al joven árbitro-.¡Pero saca tarjeta de una vez!
El árbitro, ajeno a los comentarios de la gente de la grada, se acercó a los dos niños implicados en un forcejeo entre delantero y defensa, les instó a que se diesen la mano en señal de reconciliación y les recordó el valor del juego limpio. Uno de los dos entrenadores aplaudió en señal de aprobación.
- ¡Eso es tarjeta!- levantaba la mano derecha otro padre indignado.
- ¡Pero si se ha dejado caer!- respondió la voz de un hombre que estaba muy cerca de la valla.
- A ver- dijo un tercero que parecía más calmado-, solo son niños de ocho años. Es una liga entre colegios, sin más. Estamos perdiendo el norte, ¿o qué?
Nadie pareció escucharlo. La mayoría de las veinte o treinta personas que se encontraban en las gradas estaban pendientes de la resolución del partido. 3 a 2 a favor del equipo del Colegio "Bosque Verde"; eso es lo que importaba: seguir con la ventaja. Los padres del otro colegio estaban nerviosos.
- Faltan diez minutos- animó un padre a otro, al notarlo dubitativo-. Aún podemos remontar.
- ¡Héctor, así no! - se echaba las manos a la cabeza el progenitor del niño que había fallado una ocasión clara de gol.
Y el niño se golpeó la cabeza con el puño de su mano derecha, como castigo por no haber metido el balón entre los palos de la portería.
- ¿Quién ha ganado?- me preguntó impaciente un padre rezagado mientras cruzaba la entrada del campo, al verme salir del campo de fútbol.
- Freud- respondí a media voz.
Me aleje sin esperar su réplica. No habrá entendido el mensaje-pensé-. A lo mejor si le hubiese dicho que lo importante es participar, que un exceso de autoexigencia convertirá a los niños en adultos inseguros, que saber perder no es sinónimo de rendirse, que los niños no han de pagar las frustraciones de los adultos,  que a lo largo de nuestra vida nos meterán goles por la escuadra y otras veces fallaremos penaltis sin portero sin que eso signifique fracasar... a lo mejor me hubiese entendido, pero, ¿quién era yo para dar consejos no pedidos? ¿Quién me creía yo para juzgar los valores o falta de valores que algunos progenitores van a enseñar a sus hijos?
Cuando llegué a mi casa, me senté en el sofá, cogí el móvil y llamé a mi amiga Verónica. Le conté los detalles de mi visita al campo de fútbol, y ella, como buena psicóloga intentó dar un giro a la realidad, allanando el camino hacia el cambio positivo, tras lo cual emitió un sonido parecido a una risa.
- Tu ríete- le dije con ironía-. La pena es que cuando estos niños tengan veinte años tú ya estarás a punto de la jubilación. Algunos de ellos podrían haberte hecho millonaria. Aunque- seguí bromeando- si aprendo a hacer psicoanálisis, lo mismo la millonaria soy yo.
Vero soltó una carcajada
- Pero si tenemos la misma edad- me reprendió con humor.
- ¡Pues nada, agorera! Adiós a los millones.
- ¿Por qué no cambiamos lo del psicoanálisis por hacernos hackers?- me propuso con la mima ironía que yo le había dicho "ríete".
- ¿Porque no tengo ni idea de informática?
- Ni yo tampoco, pero no importa: aprenderemos.
Colgué el teléfono aún con la sonrisa en la boca y fui hacia la ducha silbando una canción alegre.



jueves, 23 de marzo de 2017

La dignidad del tango

Los vi en Madrid, una tarde mientras paseaba cerca de la Plaza Mayor. De una bolsa de deporte descolorida sacaron un aparato de música. Después lo enchufaron a dos altavoces pequeños, y tras tocar un botón, sonó un tango. Entonces empezaron a bailar. Ella, una mujer de mediana edad, rubia de bote con un moño que dejaba entrever algunas canas, llevaba un vestido negro largo, casi hasta los tobillos, de algo parecido a la seda, con una abertura que llegaba hasta la mitad del muslo izquierdo. Para mi gusto se había pasado con el colorete naranja de los pómulos, que le daba un aspecto de rechonchez inminente sin ajustarse a la verdad de su cuerpo, delgado y esbelto. Sin embargo, sus labios estaban perfectamente delineados con un perfilador rojo por fuera, embellecido con pintalabios del mismo color en el interior, mostrando una boca carnosa, ávida de besos. Los ojos, al igual que la boca, también presentaban un maquillaje cuidadoso, con sombras suaves a los que había añadido una pequeña raya negra en la parte externa, recreando una apariencia seductora al más puro estilo de Rita Haywort en Gilda.
Mientas bailaban me fijé en que el hombre -algo más joven que su pareja- llevaba un traje negro a rayas grises con camisa blanca y un pañuelo al cuello. Me recordó a un primo de mi padre en la boda de mi hermana, allá por los años noventa que acabó la noche con la camisa por fuera del pantalón y con unos cuantos whiskies de más.
El artista encandilaba al público por la manera en que llevaba el ritmo, mirando al frente y de vez en cuando a los ojos de la mujer, mientras movía los pies enlazando las piernas con las de ella. Yo miraba absorta la forma de expresar aquella pasión, y de repente, me fijé en un detalle. Los zapatos del hombre estaban rotos. Ambos. Me volví a fijar. Efectivamente, se notaba que los zapatos habían aguantado muchos, pero muchos bailes, y a pesar de parecer limpios se notaba el desgaste del cuero negro a través del tiempo.
En ese momento asocié la dignidad al tango, y me vino a la mente cómo nos defendemos de la vida: luchando con las fuerzas que nos queden para poder seguir "bailando", aunque tengamos rotos los zapatos del alma. Siempre con la mirada al frente, la cabeza erguida, disimulando el dolor, con los labios pintados de rojo, o con el pañuelo al cuello. Aferrados a la esperanza para no perder el equilibrio, mientras sigue sonando aquello de "uno va arrastrándose entre espinas y en su afán de dar su amor, sufre y se destroza hasta entender, que uno se ha quedao sin corazón".
Y así seguimos hasta que la última nota toca a su fin. Es entonces cuando nos desmaquillamos, nos quitamos los zapatos y nos dormimos eternamente... o no.


jueves, 16 de febrero de 2017

A la generación mejor preparada de España... los echamos fuera de España

Algunas noches, mientras ceno veo algún programa de la televisión. En uno de los canales hay un programa donde las personas acuden para encontrar pareja. Las hay de todas las edades, y lo que llama la atención es la cantidad de gente joven de entre dieciocho y veinticinco años que necesita de este formato para tener una cita. Los oyes hablar y da un repelús de estos de "la madre que parió a la LOGSE, a la LOMCE y a todas las siglas de Educación". De verdad, algo se está haciendo mal en este país, ¡muy mal!, a tenor de los que estoy viendo. Probablemente el programa esté sesgado, no lo niego, y elijan a los pretendientes por sus características extremas, por lo de subir la audiencia, digo, pero es que en muchas ocasiones da vergüenza ajena y claro, el morbo de ver a alguien decir, por ejemplo, que es más de "rollos" ocasionales, que se dedica a hacer porno y cuando tiene pareja solo hace lésbicos, o no saber situar a Granada en el mapa, nos puede dar una idea de quiénes NO nos van a pagar las pensiones. ¡Para echarse a temblar!
Muchos dirán que en España hay gente joven muy bien formada, con carrera universitaria, master, etc, etc... Sí, esos son los que se irán a otros sitios de Europa a trabajar. Nosotros los formamos, y como estamos politizando todo, poniendo al mando en todas las Instituciones a gente con carnet de partido y no por meritocracia, pues los que no pasen por el aro, que normalmente suelen ser los más listos, no van a tener más cojones u ovarios que irse si quieren tener un trabajo digno.

Muchas veces pregunto a los adolescentes con algún problema en los estudios por su futuro laboral. Cuando me responden con utopías, yo me apiado de ellos y les propongo la solución: si queréis trabajar, a no ser que tengáis un buen padrino, meteos en política. El partido os irá recolocando si sois fieles. Ya lo dijo Alfonso Guerra: " El que se mueva no sale en la foto". A los otros no, a los brillantes, les digo que aprendan idiomas porque la otra Europa les dará trabajo. Así de cruel. Una fuga de cerebros en toda regla y nosotros, si no lo remedia nadie, nos quedaremos con los enchufados políticos, los recomendados por sus padrinos y los que van a los programas a buscar pareja que no saben dónde está Granada, ni qué pasó en 1492. Como ironizaría Arturo Pérez Reverte: Ni puta falta que hace, ¿verdad, colega? 

jueves, 9 de febrero de 2017

Pequeños grandes momentos

Siempre nos han contado que la vida está hecha de momentos que enlazamos y damos forma como si fuera una pieza de arcilla. Esos momentos pueden ser buenos, malos o regulares; todos caben en nuestra obra. Lo que muchas veces pasamos por alto, aunque nos lo repitan hasta la saciedad, son esos pequeños momentos a los que no damos importancia pero que convierten esta vida en un trocito de paraíso. Me refiero a cuando estamos en casa en una tarde de lluvia, leyendo, viendo la tele, oyendo la radio, o cada uno lo que le guste, con una mantita mientras bebemos un café, sintiendo la tranquilidad del que no tiene más preocupaciones en ese momento que el seguir el hilo del libro o la conversación de la radio. Personalmente no me gusta la televisión, me parece una pérdida de tiempo, pero conozco a personas a las que les relaja. “Hay gente pa tó” como diría el torero. Por mi salud mental, prefiero ocupar el tiempo en otros menesteres más productivos, aunque algunos de ellos inicialmente no lo parezcan, como los que pasamos debajo del agua.  Casi nadie, salvo aquellos cantantes habituales de ducha, le presta la suficiente importancia al acto de bañarse. Deberíamos valorar más este acto y no hacerlo solo como un hecho puramente higiénico. Cuando cae el agua caliente por nuestro cuerpo desnudo, cantemos o no, la sensación de relajación suele ser increíble, junto con el olor del gel que puede trasportarnos al frescor salvaje de los limones del Caribe o envolvernos en un aroma dulce de vainilla, por ejemplo. Caminar por el parque en otoño pisando las hojas caídas, admirar la luna en sus diferentes fases, ver jugar a los niños, observar cómo discuten por tonterías del tipo “se lo digo a mi papá si no me dejas el juguete”, “¡eh, que me toca a mí!”, escuchar las voces de gente anónima como ruido de fondo de cualquier bar sin prestar atención a su contenido, notar la alegría cuando aparcamos a la primera o cuando encontramos ese vestido que nos sentaba tan bien a mitad de precio, saborear un buen vino con jamón en compañía de nuestros amigos…  Y así podría seguir nombrando momentos que forman parte de nuestro quehacer habitual y a los que no valoramos lo suficiente. Por supuesto, sentirse sano es una sensación única que solo priorizamos cuando enfermamos, pero los seres humanos somos así: infelices porque no sabemos definir la felicidad. Probablemente, la felicidad tenga que ver con valorar, como he escrito antes, esos pequeños momentos de placer inmersos en esta vida injusta y misteriosa. Probablemente tenga que ver con pintar de colores el blanco y negro de las circunstancias adversas. Creo que lo llaman resiliencia. Seamos resilientes. Pintemos de colores con pequeños grandes momentos los blancos y negros de las desgracias. Seamos felices, por fin.

jueves, 19 de enero de 2017

La pasión, el amor y la guinda del pastel

Alguien escribió una vez que la pasión es la guinda del pastel del amor. Es posible que sea una guinda en un pastel muy grande, de hecho creo que cuanto más grande es el amor, así con mayúsculas, más pequeña es la guinda. Es cierto que para enamorarnos, primero debemos sentir pasión; sin la pasión no existirá el amor, pero creo que con el paso del tiempo pasión y amor ya no se complementan, sino que el amor acaba por empequeñecer la guinda hasta convertirla prácticamente en una lenteja. Es normal. ¿Quién aguanta el desequilibrio de la pasión? ¿Esa locura de deseo irrefrenable que llena las neuronas cuando aparece en nuestras vidas? No, no hay cuerpo que resista esto más de unos meses; y además, a veces esta sensación asusta. Nadie nos asegura que al hombre o a la mujer por el que más nos apasionamos sea al que más vayamos a querer. Amor y pasión no son directamente proporcionales, van de la mano, pero muy pocas veces. La libertad de la pasión, tan políticamente incorrecta, tan irreverente, tan insensata, tan temeraria, tan ciega, choca con la estabilidad del amor, con su honestidad y su sensatez.
La zona de confort que nos brinda el amor nos la destroza la pasión, y nosotros nos resistimos a dejarla pasar a nuestros corazones porque la infidelidad acecha, pero, ¡ay! pobres almas nuestras, porque la necesitamos para seguir sintiendo vida, y la tentación nos persigue a cada instante convertida en deseo, casi siempre por la persona a la que menos deberíamos desear. Otra cosa es que caigamos en la tentación, pero sentirla, claro que la sentimos, aunque tengamos pareja estable o seamos los más fuertes emocionalmente hablando.
Y escrito esto, yo me pregunto. ¿Será verdad la frase de aquella película que decía” Hay dos clases de hombres: los que te vuelven loca y con los que te casas”? O como sentenció Becquer en sus rimas:

¿Quieres que conservemos una dulce
memoria de este amor?
Pues amémonos hoy mucho y mañana
digámonos ¡adiós!


¿Será la pasión el pastel y el amor la guinda?