jueves, 21 de noviembre de 2019

La asertividad y Lars von Trier


Las películas de Lars von Trier pueden resultar brillantes para unos y un bodrio para otros, pero de lo que no hay duda es de que a nadie dejan indiferente.
Hace unos meses, tras ver Dogville mis sensaciones fueron encadenando diferentes matices, a cada cual más extraño. Pasé de la sensación victoriosa de una venganza conseguida, al desasosiego de la falta de asertividad, pasando por la desilusión que producen las personas cuando confías en ellas y te defraudan.
Me di cuenta de que, como expondría la protagonista para justificar sus actos finales, muchas personas confunden bondad con debilidad, y como dice el refrán " les das una mano y te agarran todo el brazo". Y es que cuando no ponemos límites, somos barridos por la gente aprovechada.
Escribiendo esto me he acordado de una canción de Juanito Valderrama que decía. "dame, dame, dame, van diciendo las personas. Ay qué pena qué penita que ninguna dice toma". El maestro de la canción lo sabía, como lo sé yo. El ser humano busca aprovecharse del otro, y para conseguir su propósito rentista, intenta empatizar, de forma falsa con sonrisas forzadas, haciendo como que le importa el otro. A veces ni lo intenta. A veces, recibes una llamada que hace años no recibías solo porque esa persona necesita que le hagas un favor, o porque te puede usar de alguna manera.
Realmente, solo la familia de uno y los pocos, casi ningún amigo que tenemos, se salvan de la quema. Por eso es tan importante la asertividad. No dejar que nadie pisotee nuestra dignidad, no dar más de lo que podemos dar a quien no se lo merece, ser respetuoso sin dejarnos perder el respeto, son máximas a seguir en nuestra vida si queremos seguir manteniéndonos en pie.
No se trata del "te ayudo si me ayudas", "esto por lo otro", "te doy si me das", o algo así. Se trata más bien de mantener una actitud de buena disposición, siempre y cuando no perjudique tu vida.
Un método efectivo para continuar en el ring con los menores golpes posibles, sería poner un muro de contención a los que no nos importan. Ser asertivo puede ser una medicina para subir nuestra autoestima. Un NO a tiempo, con buena cara, disposición y educación, nos evitará sufrimientos innecesarios, porque reconozcámoslo: el masoquismo fuera de la cama es una pérdida de dignidad, y el cuero negro con el látigo está muy bien en las películas - me refería a CatWoman, no me se seáis malpensados-.
En definitiva, esta vida es una carrera donde no se trata de correr más rápido, sino de saber correr y llegar a la meta con las menores lesiones posibles. A ser posible, las del alma que son las que más duelen.


jueves, 21 de febrero de 2019

El tiempo... y la vida


"Al tiempo le sobran las palabras. Se comunica con hechos".
Esta frase me la dijo, hace muchos años, un juez jubilado ya fallecido cuando le pregunté si le había parecido corta la vida, y si el aprendizaje de sus errores o sus aciertos le había servido para algo.
Al principio no entendí muy bien aquella respuesta. Mi juventud, mi falta de experiencia, mis ideas utópicas... qué se yo, me hicieron dejar la frase a un lado, sin darle más importancia.
Es ahora, a medida que la vida ha ido pasando, cuando esa afirmación se está haciendo cada vez más presente en mi interior. Es el tiempo, ese que nos falta, el que nos sobra para matarlo, el que nos asusta en la vejez, el que ignoramos cuando somos jóvenes, ese mismo, el testigo de nuestros actos. Nosotros somos nuestros propios jueces, y el tiempo es el que ejecuta la sentencia. Dejemos la salud aparte; muchas veces estar sano es un milagro, sobre todo cuando vamos haciéndonos mayores. Sin embargo, para todo lo demás, el tiempo, con su serenidad, nos va encajando en el puzle que hemos decidido formar de nosotros mismos. Nuestras decisiones, para bien o para mal, junto con el destino, a veces caprichoso, nos conforman como seres humanos únicos. Y entonces, llega un momento en que aquello tan importante, ya no lo es tanto. Lo valioso se convierte en prescindible, lo dañino en incómodo, la impaciencia en impasibilidad, el autoritarismo en diálogo, los prejuicios en tolerancia, la belleza se transforma en experiencia y la muerte deja de ser una desconocida a la que hasta hacía poco le negábamos la existencia.
¿Qué nos ha pasado para cambiar estos conceptos?- nos preguntamos- A nosotros nada. Nosotros seguimos siendo los mismos, aunque no lo mismo.
Lo que ha pasado es el tiempo. Ese que nos ha llenado de arrugas la cara y el alma. Ese que nos habrá hecho mirarnos al duro espejo de la realidad. Ese ejecutor de nuestras decisiones.
Lo que ha pasado es el tiempo... y la vida.

jueves, 22 de marzo de 2018

La condena de la envidia

Hace una semana fui al cine con mi sobrino. Antes de que empezara la película, escuché sin querer- o queriendo- una conversación entre dos mujeres que estaban sentadas justo delante de mí. Una de ellas le decía a la otra: "Fulanita se va a ir a París en Semana Santa. Ella puede hacer cambio de turnos en el trabajo; por eso viaja tanto. Ojala y yo pudiera hacer lo mismo. Me da envidia sana".
"La envidia nunca es sana", pensé. Luego comenzó la película y se me olvidó aquella conversación. Cuando llegué a mi casa rumié la idea de la envidia. Entonces pensé en las puñaladas traperas de los políticos, en los tópicos y en todas esas ideas que nos han metido en la cabeza sobre este sentimiento tan autodestructivo.
Muchos dicen que España es un país de envidiosos. Yo creo que en todos los países existe la envidia. No es exclusivo de un país, de una raza, o de un determinado sexo. El primer crimen que se conoce, aunque para muchos sea un cuento -el de Caín a Abel- fue por envidia, por tanto, la envidia debe formar parte de nuestra esencia como seres humanos. Es cierto que un amplio grupo de personas la sufren solo moderadamente, y algunas solo un poco. A mí me da envidia cuando en Navidad veo a los ganadores de la lotería brindando con champán. Puedo decir que eso es envidia sana, pero no; a mí me gustaría que me tocase la lotería, y siento un poco de rabia cuando compruebo los números que llevo, y veo que no coincide con ningún décimo premiado. Otra cosa es que para conseguir mi objetivo, matase a algún ganador de esos, le arrebatase el décimo premiado y lo cobrase como mío. Afortunadamente, mi envidia no llega hasta ese punto; de hecho, prácticamente se queda en eso. No siento ningún deseo de tener lo que otros tienen, y vuelvo a repetir la palabra, afortunadamente. ¿Por qué digo "afortunadamente"?- tercera vez que escribo la palabra- Porque conozco a algunas personas que no pueden quitarse a la envidia de sus vidas. En el fondo, son dignos de lástima. Vivir pendiente de la vida de los demás debe ser un infierno.

Y es que la envidia agujerea el alma. Provoca un estado permanente de vigilia para comprobar lo que otros tienen, por qué lo tienen y cómo se les puede quitar lo que tienen. La envidia se aferra al abandono del yo para mimetizarse con el ego de los demás. Da igual si uno tiene dinero, salud, pareja o buen trabajo, el envidioso siempre querrá lo que tiene el otro. Solo estará moderadamente contento cuando vea al otro fracasar, enfermar o morir. El gran castigo del envidioso es que nunca podrá ser feliz. La tortura por el éxito de los demás lo atormentará hasta hacerlo enloquecer, metafóricamente hablando. La felicidad de los demás será la infelicidad del envidioso. Con una autoestima por los suelos y el ego haciendo aguas, el envidioso nunca podrá tener paz interior. ¿Hay mayor condena que ésa? Me temo que no.

jueves, 11 de enero de 2018

porque de ellos será el reino de los cielos

Casi todos los días leo las portadas de los periódicos en internet. La política ocupa la mayor parte de las noticias. Corrupción, juicios de ex-dirigentes políticos, amenazas cruzadas entre líderes de países y diferentes formas de interpretación de las acciones de diputados, ministros o presidentes según la orientación política del periódico consultado. Nada nuevo bajo el Sol.
Todo iba tan previsible como siempre, hasta que ayer leí una noticia que me dejó helada la sangre... y el alma. Resulta que a unos adultos de una zona de bajo nivel económico de Perú se les ocurrió la "feliz" idea de emborrachar a dos niños de siete años, ante la atenta mirada de otros adultos que no dudaron en grabar el fabuloso acontecimiento, como si fuese un espectáculo. Realmente fue un espectáculo, sí, un espectáculo bochornoso, vergonzoso, ilegal, indigno, esperpéntico, inhumano, aterrador y me faltan adjetivos para describir la escena.
Aquí os dejo el enlace del artículo:
https://elpais.com/internacional/2017/06/16/mundo_global/1497598669_341398.html

Cuando terminé de verlo reflexioné: ¿Cómo es posible que en pleno siglo XXI se pueda permitir semejantes vejaciones a los niños sin que nadie los proteja? Muchos derechos universales de los niños, muchas iniciativas "Ningún niño sin juguete" y muchas voces denunciando "el aumento de la obesidad infantil en Occidente"- no digo yo que estos proyectos sean inadecuados- pero nos estamos olvidando de lo más importante: proteger al menor del abuso de los adultos.
Después de haber visto este vídeo, grité a los humanos con rabia : No se puede permitir esta falta de respeto al menor, y da igual lo incultos, lo paletos o impresentables que sean los adultos de Perú que emborracharon a los niños. No se puede permitir. Como tampoco se puede permitir la prostitución infantil, la conformidad de algunas religiones de tolerar bodas de niñas prepúberes, la ablación como acto cultural, la falta de medios básicos como el alimento, las vacunas o la escolarización, la explotación infantil o los malos tratos físicos a menores. No se puede permitir, repito. Todos los países del mundo deberían hacer leyes para blindar la infancia. No es una utopía. Me niego a que esto sea una utopía en el siglo XXI. Si hemos llegado hasta la Luna, hasta Marte y estamos coqueteando con la inteligencia artificial, estas imágenes debería avergonzarnos como especie.

Entonces, ¿a qué esperamos para moldear el mundo? ¿Acaso no estamos en la cima de la evolución? ¿O es solo un espejismo? 

jueves, 16 de noviembre de 2017

Los descendientes de Maquiavelo

Mis primeros escarceos con el baloncesto comenzaron cuando yo tenía 12 años. Diez chicas de sexto de EGB empezamos a instruirnos en este deporte, con la ilusión de quien descubre un tesoro escondido. Nos entrenábamos con tesón, una o dos veces por semana. Nuestro entrenador nos enseñó las reglas básicas de este deporte, y nosotras le obedecíamos en sus decisiones. En el equipo, como casi en todo en la vida, había niñas más y menos talentosas en el arte de encestar, de marcar al contrario o de pasar la pelota cuando la otra compañera estaba en una posición favorable. Yo, sin ser de las peores, tampoco era de las mejores. Me defendía corriendo mucho-eso sí lo hacía muy bien- aunque mi precisión de meter el balón en la canasta no fuese "espectacular".
Recuerdo un partido en especial. Nosotras jugábamos contra otro equipo muy similar al nuestro. Estábamos muy ajustadas en el marcador y quedaban menos de ocho minutos para el final. Las tres mejores jugadoras habían sido relegadas al banquillo porque ya habían salido los tres tiempos anteriores, y los cambios que el entrenador había hecho le habían obligado a "sacar" a otras más mediocres como yo. En un momento determinado el marcador se igualó. Nuestro entrenador se echó las manos a la cabeza. Hizo un gesto al árbitro para exigir un tiempo muerto. Cuando nos acercamos a él, me dijo algo al oído:" Ahora, cuando se reanude el partido, haces como que te has torcido un tobillo, cojeas un poco y pides el cambio". No sé si él notó mi confusión pero yo realmente estaba confusa. Aun así, hice lo que me dijo: hacer trampas para ganar.
Un año después me cambié de colegio. Mis padres habían comprado un piso en la otra punta del pueblo, y mi nuevo colegio también había decidido tener un equipo de baloncesto femenino. Esta vez una de las mejores jugadoras era yo, básicamente porque las otras compañeras no habían visto una canasta de cerca en su vida.
Antonio, así se llamaba este nuevo entrenador, tenía un carácter afable. Lo recuerdo como una buena persona, tranquilo, íntegro, sin la personalidad impulsiva del anterior.
Como es lógico, aquel año no quedamos de las primeras clasificadas. Eso no impidió que en la fiesta de fin de curso jugásemos un partido con un equipo femenino de un pueblo cercano, al que pretendíamos vencer. Esas chicas eran sensiblemente mejores que nosotras. En un encuentro previo nos habían ganado por algunos puntos, no recuerdo el número. Aquel partido de fin de curso jugábamos en nuestro colegio. Queríamos ganar. Era nuestro colegio, nuestro público y nuestro pueblo. En el cuarto tiempo me tocó salir del campo porque ya había jugado los otros tres. Yo, sin poder quedarme en el banquillo por la ansiedad que me producía no estar en el juego, me fui nerviosa hacia la puerta principal, y mientras bebía un refresco, escuchaba sin querer ver, las voces de ánimo del publico asistente a nuestras chicas. Entre aquellas voces reconocí a la de Antonio dando órdenes a las jugadoras: "Mari Carmen, a la derecha; Elena que no se te escape la número 9; sube más Cristina, venga, mira, mira a tu derecha... tira, ahora". Cristina tiró, metió una canasta y el partido finalizó. Ganamos por dos puntos. Fui corriendo hacia el centro del campo con lágrimas en los ojos. Nos abrazamos todas entre el aplauso de nuestros padres y el de Antonio que estaba orgulloso de sus campeonas.
Desde entonces hasta el día de hoy, he conocido a seres humanos con y sin valores.  Los segundos, con una actitud poco honesta para algunos aspectos de la vida, que para conseguir sus objetivos no dudan en hacer cualquier cosa que pueda hacerse sea legal o no, alejados de toda ética o moral. Esas almas opacas son los descendientes de Maquiavelo. Trileros capaces de traicionar, engañar o tergiversar situaciones solo para conseguir lo que nunca hubiesen podido llegar a obtener, sin usar métodos mafiosos.
Que hay que echar a algún trabajador para "poner" a un amigo, pues se calumnia al antiguo trabajador. Si me gusta esa mujer y soy un jefe (escribir cualquier insulto) sin escrúpulos- también vale para algún productor de Hollywood tan de moda últimamente- pues le hago propuestas deshonestas y si no "pasa por el aro" no la contrato. Que soy poderoso y algún periodista escribe algo sobre mí que me desagrada, uso mi poder para despedirlo. Si para mantener mi trabajo he de traspasar las líneas rojas de lo correcto, o tomar decisiones injustas y carentes de ética, pues traspaso líneas rojas o los colores que hagan falta. Y así con todo.
Entonces, cuando veo a este tipo de personas vacías de luz, me acuerdo de mis padres, de mis profesores, de las buenas personas que me aconsejan en la vida, de Antonio y de sus valores íntegros, y ruego a cualquier dios, diosa o divinidad que no me deje caer en la tentación del camino fácil incorrecto. Todos tenemos un precio, lo sé, aunque algunos preferimos no saber por cuánto nos venderíamos. Podemos hacer las cosas mal, de hecho nos equivocamos con cierta frecuencia, por lo menos yo. Podemos hacer daño al otro sin pretenderlo y eso es perdonable, pero la maldad es otra cosa.

Estoy segura de que aquel día si no hubiésemos ganado, Antonio nos habría alentado igualmente. Nos habría enseñado a luchar, a perseguir nuestros sueños, a conseguirlos sin trampas, sin "hacer como que te has torcido un tobillo", sin actuar para perjudicar a otros. Nos habría enseñado a no ser "los descendientes de Maquiavelo". 
No hacía falta ganar a toda costa: hacía falta llegar a ser mejores por nuestros méritos y si eso no podía cumplirse, lo mejor hubiese sido saber perder con dignidad.

jueves, 13 de julio de 2017

La mirada triste del hijo de Donald Trump

Hace unos meses vi una foto de Donald Trump exhibiendo “poderío económico”. En esa foto estaba sentado en una silla estilo Luis XV con las patas doradas- las de la silla, no las del presidente-, una sonrisa de oreja a oreja y las manos situadas entre las rodillas entreabiertas. La comunicación no verbal y los partidarios de Freud interpretarían su pose como una demostración de macho alfa intimidante. Desde luego, si fuese en el metro de Madrid podrían llamarle la atención por estar “despatarrado” y no dejar sitio a los demás, pero como estaba en su casa tenía la potestad- eso parece indicar por su expresión- para sentarse como le diera la gana, estuviese  fotografiándolo un profesional o su primo hermano.


Detrás del presidente se veían dos columnas de algo parecido al mármol con las cúpulas doradas y al otro lado de la sala, otras dos columnas exactamente iguales. Al fondo, justo detrás de los cristales, la gran ciudad. O sea, estamos en la parte alta, muy alta, del edificio Trump. Podría ser un gran salón si tenemos en cuenta el sofá que se ve a la derecha de la foto; eso, o un despacho enorme. De pie, está ella: Melania, que ha colocado sobre su cuerpo una tela rosa palo a modo de faldilla de mesa camilla dejando al descubierto las rodillas y el hombro derecho. Vista así de frente podría pasar por una modelo o un maniquí de tienda cara. Bella, eso sí. La genética la acompaña y no vale decir que ha pasado por el cirujano plástico más de una vez. Muchas pasan, las “dejan” con menos arrugas  pero no más guapas. Ser guapa es un don que la genética regala a quién le da la gana. La belleza es una dictadura por mucho que el dinero parezca embellecer al que lo posee, y si no que se lo digan a algún director deportivo de Fórmula 1 entrado en años acostumbrado a pasearse con modelos jóvenes y guapas. Otra cosa es la felicidad. ¿Uno es más feliz cuanto más dinero tiene? -podríamos preguntarnos-. La respuesta la tuve un segundo después cuando mis ojos se dirigieron hacia el niño de ambos. Un niño de unos seis o siete años, montado a conciencia sobre un león de peluche; serio, sin parecer importarle la fastuosidad del decorado ni los coches de juguete que estaban a los pies del león. Está incómodo- pensé- .No está relajado -seguí elucubrando-. Volví a mirarlo otra vez, con su traje, su corbata, disfrazado de hombre, sentado a horcajadas sobre aquel león y me lo imaginé llorando porque no quería ni subirse al animal ni vestirse así.
A los niños les preocupa mucho menos las apariencias que a los adultos. Nos enseñan a distinguirnos de los demás económicamente cuando vamos haciéndonos mayores, señalándonos determinadas marcas de ropa distintivas de clase alta, el lugar y el hotel elegido para las vacaciones, los regalos de Papá Noel o el tipo de casa en que vivimos, porque hasta entonces, pensamos que todos nacemos iguales. Luego la realidad se impone y nos va poniendo a cada uno en el sitio que nos ha tocado vivir, concretamente a este niño, sobre el lomo de un león de peluche. Reconozco que cuando lo vi empezó a caerme bien y sin saber por qué comencé a indagar sobre su vida. Supe que era el quinto hijo de Donald y el primero de su tercera esposa. El golf, los aviones y los helicópteros destacaban entre sus gustos favoritos. También comentaban su predilección por llevar traje y corbata, que hablaba tres idiomas y tenía la costumbre de ponerse crema de caviar después del baño.
De la foto que he descrito anteriormente han pasado ya unos años y en este momento, Barron ya es casi un adolescente. En estos momentos dudo que quiera subirse a ningún animal inanimado por muy rey de la selva que sea. Es lo que tiene crecer: poder tomar nuestras propias decisiones acertadas o no independientemente de los demás, incluidos los padres. Melania habla de él como un niño “muy fuerte, muy especial e inteligente” y estoy de acuerdo con ella. Hay que ser muy fuerte y muy especial para enfrentarse a las críticas de las redes sociales cuando haces o dices “cosas” que los ciudadanos suponen anómalas. Somos así de entrometidos y “bocachanclas”,  y lo digo también por mí. Cuando vi la primera vez la foto del niño sobre el león pensé en la mirada triste del hijo del Presidente y en lo poco contento que se mostraba teniéndolo casi todo en la vida. El fotógrafo podía haber hecho el retrato en un día en que el niño estaba cansado o con fiebre o simplemente no haber tomado una buena foto, y sin embargo especulé sobre su gesto infantil más allá de eso: un simple gesto. 
No me siento mal por ello. A la mayor parte de los humanos nos gusta hablar de los demás, especular a diestro y siniestro sin contrastar la verdad. Nos contentamos con inventarnos las historias cuando no sabemos la realidad de las mismas. Criticamos sin pensar en las consecuencias, sin ahondar en la certeza de nuestras opiniones, pero qué le vamos a hacer, forma parte de nuestra naturaleza dar opiniones propias como si fuésemos importantes o como si nuestras opiniones sentasen cátedra.

Eso mismo ha hecho un youtuber hace unos meses. James Hunter, así se llama,  ha especulado sobre la posibilidad de que el hijo del presidente padezca un trastorno del espectro autista  que la madre ha negado, amenazándolo con denunciarlo si no retiraba su video.  Me parece una actitud admirable lo de la madre. Tenga o no tenga un trastorno del espectro autista el hijo del presidente, a este hombre no debería importarle lo más mínimo y mucho menos poner un vídeo sugiriéndolo. Esa circunstancia, si es que existe, no cambiará nada el rumbo de un país, aparte de hacer carnaza para uso y disfrute de algunos, aunque quiera envolverlo en el papel de la falsa inclusión social de personas con trastorno del espectro autista. Hacer daño gratuitamente con determinados comentarios sobre las personas, pero más aún con menores,  sean o no hijos de famosos, tendría que tener una respuesta legal disuasoria.  Un menor no puede defenderse de las especulaciones que los humanos, tan acostumbrados a criticar a los demás, soltamos como si fueran bombas, sin precisar las consecuencias que nuestros comentarios puedan tener en ellos. Una madre o un padre, en este caso Melania, ha salido a defender a su hijo de los comentarios implacables de un youtuber cualquiera, y me parece una decisión muy acertada, como escribí anteriormente. Tenga lo que tenga Barron Trump no es de nuestra incumbencia.  Yo creo a Melania cuando ha descrito las cualidades de su hijo, y no dudo de la veracidad de su discurso al hablar sobre él, al fin y al cabo ella lo conoce mejor que nadie. Si es “muy fuerte, muy especial e inteligente” mucho mejor para el niño y para América. Algún día no muy lejano necesitará la fuerza y la inteligencia para enfrentarse al mundo, como el resto de los humanos, por cierto. 



jueves, 18 de mayo de 2017

Los goles de nuestra vida

-¡ Así no, Héctor! ¡Regatea, coño!- la voz alterada de un padre se elevaba por encima de la del entrenador, que a duras penas podía dar instrucciones a los niños sin ser interrumpido por el público asistente.
- ¡Eso es falta!- una madre gritaba al aire, señalando al joven árbitro-.¡Pero saca tarjeta de una vez!
El árbitro, ajeno a los comentarios de la gente de la grada, se acercó a los dos niños implicados en un forcejeo entre delantero y defensa, les instó a que se diesen la mano en señal de reconciliación y les recordó el valor del juego limpio. Uno de los dos entrenadores aplaudió en señal de aprobación.
- ¡Eso es tarjeta!- levantaba la mano derecha otro padre indignado.
- ¡Pero si se ha dejado caer!- respondió la voz de un hombre que estaba muy cerca de la valla.
- A ver- dijo un tercero que parecía más calmado-, solo son niños de ocho años. Es una liga entre colegios, sin más. Estamos perdiendo el norte, ¿o qué?
Nadie pareció escucharlo. La mayoría de las veinte o treinta personas que se encontraban en las gradas estaban pendientes de la resolución del partido. 3 a 2 a favor del equipo del Colegio "Bosque Verde"; eso es lo que importaba: seguir con la ventaja. Los padres del otro colegio estaban nerviosos.
- Faltan diez minutos- animó un padre a otro, al notarlo dubitativo-. Aún podemos remontar.
- ¡Héctor, así no! - se echaba las manos a la cabeza el progenitor del niño que había fallado una ocasión clara de gol.
Y el niño se golpeó la cabeza con el puño de su mano derecha, como castigo por no haber metido el balón entre los palos de la portería.
- ¿Quién ha ganado?- me preguntó impaciente un padre rezagado mientras cruzaba la entrada del campo, al verme salir del campo de fútbol.
- Freud- respondí a media voz.
Me aleje sin esperar su réplica. No habrá entendido el mensaje-pensé-. A lo mejor si le hubiese dicho que lo importante es participar, que un exceso de autoexigencia convertirá a los niños en adultos inseguros, que saber perder no es sinónimo de rendirse, que los niños no han de pagar las frustraciones de los adultos,  que a lo largo de nuestra vida nos meterán goles por la escuadra y otras veces fallaremos penaltis sin portero sin que eso signifique fracasar... a lo mejor me hubiese entendido, pero, ¿quién era yo para dar consejos no pedidos? ¿Quién me creía yo para juzgar los valores o falta de valores que algunos progenitores van a enseñar a sus hijos?
Cuando llegué a mi casa, me senté en el sofá, cogí el móvil y llamé a mi amiga Verónica. Le conté los detalles de mi visita al campo de fútbol, y ella, como buena psicóloga intentó dar un giro a la realidad, allanando el camino hacia el cambio positivo, tras lo cual emitió un sonido parecido a una risa.
- Tu ríete- le dije con ironía-. La pena es que cuando estos niños tengan veinte años tú ya estarás a punto de la jubilación. Algunos de ellos podrían haberte hecho millonaria. Aunque- seguí bromeando- si aprendo a hacer psicoanálisis, lo mismo la millonaria soy yo.
Vero soltó una carcajada
- Pero si tenemos la misma edad- me reprendió con humor.
- ¡Pues nada, agorera! Adiós a los millones.
- ¿Por qué no cambiamos lo del psicoanálisis por hacernos hackers?- me propuso con la mima ironía que yo le había dicho "ríete".
- ¿Porque no tengo ni idea de informática?
- Ni yo tampoco, pero no importa: aprenderemos.
Colgué el teléfono aún con la sonrisa en la boca y fui hacia la ducha silbando una canción alegre.