Por eso, intentar evitar el suicidio de
las personas en riesgo debería ser una de nuestras prioridades como sociedad.
No es natural que un hombre o una mujer con buena salud decida suicidarse; no
podemos normalizarlo. Debemos gastar más dinero público en prevenir suicidios y
en mejorar la salud mental de los ciudadanos. Una sociedad sana, tanto física
como mentalmente, es una sociedad productiva, feliz y agradecida.
Luego, podrá venir la muerte a buscarnos
—que nos encontrará— y aunque intentemos desmarcarnos (algunas veces se puede
conseguir retrasar lo inevitable con los nuevos avances médicos), al final
tendremos que sonreír y dejarnos llevar por ella. Porque la muerte, aunque
intentemos darle todo el dinero que tengamos y sea mucho, no acepta propinas.
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