jueves, 21 de abril de 2016

Yo, Gretel

Los carnavales nos dan la posibilidad de ser quienes no somos. Por unas horas podemos convertirnos en una malvada bruja o en una inocente hada; podemos ser desde don Quijote hasta Napoleón. Pero claro, eso ocurre una vez al año, el resto del tiempo seguimos siendo nosotros, que ya es bastante. Los carnavales son para la gente joven- afirmó un hombre entrado en años cuando le pregunté si se iba a disfrazar- Yo ya soy muy viejo para eso.
Estaba claro que aunque probablemente fuese viejo,  lo más importante es que se sentía viejo y aún gustándole disfrazarse, se negaba a hacerlo por algo tan irremediable como el paso del tiempo.

Hace unos años, se ha puesto de moda llamarnos por nuestro nombre en algunos franquicias de restaurantes y cafeterías. En concreto, en este momento la política de “Los 100 montaditos” y “ Starbucks” es solicitar muy amablemente  el nombre del cliente y darle su bebida o comida al son del nombre facilitado por el consumidor, adornándolo posteriormente con un “por favor” Esta puede ser una forma más de ser quienes no somos; de tener otra identidad, si damos un nombre falso. Evidentemente, al personal de estos establecimientos les importa tres pitos que nos llamemos de una manera o de otra, pero algunas veces es posible captar su atención.
Recuerdo un día en que el camarero, con la bandeja en la mano llena de montaditos, llamó por el micrófono: “ Yomismo, por favor”. Una pandilla de adolescentes comenzó a reír a carcajadas mientras uno de ellos se levantaba a por el pedido. El resto de los “parroquianos” sonreímos de una forma comprensiva. Los jóvenes son así- dijo una señora a su marido- ¡Bendita juventud!
Entonces, mi mente se rebeló como lo haría uno de esos chicos nombrados por aquella señora sentada a mi derecha, y comencé a cavilar formas de mantener un trocito de juventud dentro de mí a pesar de las arrugas, las canas y las desilusiones. Se trataba de “cometer” pequeños actos de inmadurez salpicados en mi conducta adulta para endulzar la realidad de lo cotidiano. Un viaje sorpresa, comprar una tarta donde ponga “feliz día”  simplemente porque es un feliz día sin cumpleaños asociado, tararear una canción por la calle o mover la cabeza al son de la música de una tienda de ropa, y por supuesto, buscar un nombre ficticio para “Starbucks” y “los 100 montaditos”. Un nombre diferente- pensé- Uno de esos en el que el interlocutor agudice su oído para escucharlo de nuevo por raro, pero creíble, claro. Y sin buscarlo mucho, lo encontré.
-         Un frappuccino de vainilla, por favor.
-         Su nombre- me preguntó una chica con coletas.
-         Gretel- dije con seguridad mirándola a los ojos.
-         ¿Cómo?- me preguntó con el rotulador en la mano, sin atreverse a poner en nombre en el vaso de plástico.
-         Gretel- repetí con la misma seguridad de antes
Unos minutos después, otro camarero me llamaba:
-         Frappuccino de vainilla para Gretel.

Me acerqué a por mi bebida. El chico me la dio muy amable y yo le di las gracias. Me senté en un taburete alto cerca de la ventana. Sorbí el frappuchino y tras eso, una sonrisa pícara adolescente se dibujó en mi cara de mujer madura.

jueves, 7 de abril de 2016

¿Y si la justicia existiera?

Muchas veces me he preguntado, y nunca  he sabido responderme, si el concepto de JUSTICIA es un invento del hombre para disminuir la ansiedad que puede producirle su inexistencia. Hablan de la justicia del tiempo, del karma, de que “a cada cerdo le llega su San Martín”, pero la verdad es que yo he visto a verdaderos hijos de puta vivir estupendamente, haciendo la vida imposible a los de su alrededor, y sin que ninguna justicia los ajusticie, valga la redundancia. Los que creen en alguna religión tendrán un alivio para esto con el infierno o las malas reencarnaciones, pero si somos pragmáticos y creemos solo en lo que vemos, o sea, en esta vida, entonces, nuestra desesperación por la impotencia acumulada puede ser monumental.
Desde que nacemos hay una clara desventaja de unas personas frente a otras; por la familia donde nacen, el lugar, la ausencia de enfermedad, y mil cosas que hacen de cada uno de nosotros seres únicos con características exclusivas. Luego, la vida se encarga de agudizar aún más estas desigualdades. Todos conocemos niños que han enfermado, o que han muerto; niños explotados en campos de trabajo sin posibilidad de recibir una educación escolar, o niños a los que se les deniega las vacunas simplemente porque su país de origen se llama “tercer mundo”. Ya nos hemos encargado de etiquetar a determinados países encuadrando la situación real en nuestras cabezas, no extrañándonos lo que debería sorprendernos de una forma “vomitiva”. Y luego están las injusticias dentro de nuestro propio país, de nuestro propio pueblo y hasta en nuestro trabajo.
Personas contratadas en una empresa sin más currículum que el “por ser hijos de”,  “sobrinos de” o pertenecer a un determinado partido político. Alcaldes y diputados corruptos a los que los jueces imponen penas ridículas con grandes beneficios penitenciarios, y a veces se quedan exentos de condena porque los casos han prescrito.
Definitivamente, esta vida es injusta. No todos los buenos  tendrán recompensa ni todos los malos, castigo;  nos gustaría lo contrario: recompensa para los buenos y castigo para los malvados. Algunos se conforman con imaginarlo, otros con verlo en el cine entre palomitas y coca-cola y otros se conforman con aceptar su inexistencia. A la mayoría nos enfada no poder extrapolarlo a la realidad.  Yo, personalmente, prefiero creer en aquello de “el que siembra tormentas, recoge tempestades”. Necesito creerlo, aunque no sea cierto, porque si no, mi integridad mental podría verse seriamente afectada ante la impotencia de la impunidad de la maldad humana.
No sé si existe la JUSTICIA, así, en mayúsculas, pero de lo que estoy segura es de mi determinación de no dejar que nadie se aproveche de mi buena fe.  Estoy segura del caerse y levantarse de la vida, del seguir caminando a pesar de las zancadillas, de luchar por conseguir mis sueños, de pelear por eliminar lo injusto.
Uno empieza a envejecer cuando acepta la realidad y no quiere cambiarla aunque no le guste; pudiendo cambiarla, se entiende. Rendirse no es una opción, es una decisión. De nosotros depende si queremos ser viejos, o solo seguir cumpliendo años. 


jueves, 30 de octubre de 2014

Los psicópatas del amor

Lo conocí hace casi veinte años. Al recordarlo, algunos datos se han borrado de mi memoria. Sucede siempre: nos impregna lo importante y obviamos lo superfluo, aunque a veces lo importante pueden ser pequeñas frases o escenas que inicialmente no parecían ser tan transcendentales. Pero sobre todo, recuerdo cómo entendía la vida y la relación con las demás personas. Usaba a las mujeres como objetos sexuales y una vez satisfecho sus instintos las tiraba sin contemplaciones al cubo de lo prescindible. Poco importaba la estrategia utilizada para conseguir el fin, no dudando en engañar  si se daba el caso. Maquiavelo era un aficionado al lado de este hombre.
Tenía una novia, de esas chicas buenas educadas para casarse, de aspecto virginal y sin experiencia sexual previa. Ella vivía en el pueblo de ambos, a unos cien kilómetros de donde residía mi compañero. Una distancia suficiente para ocultar las mentiras, supongo, pero ahora al ver la historia con el filtro de los años, he entendido que no hay suficiente distancia que pueda ocultar una traición.
El caso es que aquel hombre tan atractivo, seguro de sí mismo, en el fondo resultó ser  poco confiable, egoísta y egocéntrico. Tres adjetivos usados para definirlo cuando me lo presentaron la primera vez. A mí me pareció muy guapo y me dio la sensación de que tenía la autoestima muy alta. Pues él la pone entre las piernas- me dijeron- pero no quise escuchar los comentarios de quienes juzgan a los demás, porque a veces la envidia o el rencor nos hace etiquetar a la gente injustamente. Desgraciadamente, en varias ocasiones vi llorar a alguna de esas a las que prometió la luna con final kleenex y me dolió porque esa mujer podría haber sido yo misma; quizás una de esas fui yo... me duele pensarlo. Probablemente también me duela recordar  las frases “confía en mí”, “la relación con mi pareja está rota”, “eres la mujer con la que quiero estar”, pronunciadas en un entorno idílico envueltas en un halo de falsedad y supongo que a la pobre novia la llenaba de promesas de futuro, falsas como el beso de Judas. No le temblaba la voz cuando mentía. Como dijo alguien: “saber mentir es otra forma de talento” y él sabía mentir muy bien.
Una tarde cuando supe que se casaba le pregunté:
-         ¿Por qué lo haces?
Él mirándome fijamente respondió:
-         No me caso con la mujer que quiero. Me caso con la mujer que necesito.
Y así fue como engañó hasta al mismo Dios, organizando una boda con iglesia, padrinos, y jurando una fidelidad inexistente.

El tiempo pasó rápido y me fui a trabajar a otro lugar. Aquel nombre repetido hasta la saciedad en noches de insomnio, desapareció de mi vida dejando una estela de nada. Cuando confías en alguien y ese alguien traiciona tu confianza, el vacío se apodera del sentimiento y lo borra, dejando sólo el hueco de lo que existió. Ya no volví a saber nada más de él hasta hace un par de años cuando me encontré a una compañera común y volvimos a rememorar el pasado. Aquel adolescente de veinticinco años seguía siendo un adolescente de cuarenta y tres que usaba a las mujeres, incluida la suya, a la que sólo quería como madre de sus hijos. ¡Lástima!, con la de oportunidades que ofrece la vida para reorientar nuestra conducta...
Después de ese, me he encontrado con algunas personas  similares. Mujeres o varones sin escrúpulos, psicópatas del amor y cuando hablo con ellos me viene a la mente una canción de Fito Cabrales: “Ya conozco a unos cuantos que son como usted, que me ofrecen veneno cuando tengo sed”
No sé los demás, pero yo intento apartarme de esos individuos; los miro y veo como escupen el egoísmo que ya no les cabe, pero de lejos, para no salpicarme el corazón con sufrimientos innecesarios. Si alguien lee la frase anterior de nuevo, he escrito “intento”, porque en general eso suelo hacer, mientras la pasión no me desequilibre el autocontrol y lo destroce con su fuego, porque entonces, es posible que la ceguera me impida ver más allá de las llamas y arrase con todo mi ser. Espero que la madurez me haya enseñado a ponerle un traje ignífugo a mi autocontrol, así la pasión podrá quemar todo, menos mi dignidad. Eso espero.

jueves, 23 de octubre de 2014

Instinto básico (sin Sharon Stone)

Yo estaba leyendo el libro de Roberto Iniesta “El viaje íntimo a la locura” cuando reflexioné sobre lo que Robe había escrito: “El hombre carece de auténticos instintos. No durará mucho”. Desgraciadamente, creo que tiene razón.  El ser humano ha ido relegando el instinto en pos de la conveniencia social o de lo políticamente correcto, no sólo en su vida diaria, también en su vida íntima. La sociedad tiene unas reglas no escritas sobre cómo y con quién tenemos que emparejarnos y si no las cumplimos estará esperando hasta que fracase nuestra relación para después hacer leña del árbol caído. Si nos enamoramos de alguien mucho más joven, o mucho mayor, de otra raza, de otra religión, de un nivel cultural mucho menor o cualquier otra circunstancia que nuestros paisanos consideren desnivelado o poco apropiado para nosotros nos lo harán saber, de una forma o de otra. Probablemente lo enmascaren con un halo de falsa modernidad, pero en el fondo, sólo verán el desnivel. Poco importará ante los ojos de los jueces del pueblo que el resto de las piezas encajen. Si una chica de familia normal, con un trabajo normal y un aspecto normal, se empareja con un chico negro de esos que venden Cds en los mercadillos, las alarmas no tardarán en surgir. Primero en la familia, luego en los conocidos y aunque la cohesión entre esas dos personas sea casi perfecta o aunque sea el hombre que la haga feliz,  siempre habrá una voz ajena que sentencie: “ves, no podía ser, si lo sabía yo”, si al final se rompe la relación. Los prejuicios son muy difíciles de erradicar, ya lo dijo Einstein. No dijo que a las mujeres nos ha perjudicado especialmente, para eso ya está las Historia como testigo del recuerdo. En casi todas las culturas hemos sido agredidas con tradiciones rancias incapaces de  aniquilar el pensamiento machista. ¿Cuántas mujeres fueron despreciadas a la soltería,  por atreverse a estudiar una carrera universitaria o por no ser vírgenes? Estoy segura que muchas de ellas encenderían la pasión de algunos pretendientes, pero estos se dejaron llevar influidos por el pensamiento externo y se alejaron de su impulso natural. Sólo algunos valientes se casaron con chicas no vírgenes, divorciadas, madres solteras, universitarias o con mucha más edad que ellos. Sólo algunas valientes se atrevieron a desafiar a la sociedad para seguir su corazón, a divorciarse cuando el marido las humillaba o a poner sus propias reglas del juego. Esos y esas valientes abrieron nuevamente las puertas del instinto y cerraron las normas de una sociedad anclada en costumbres obsoletas.
En la actualidad, muchos países continúan siendo a la vez verdugos y reos en un mundo desigual dirigido por la hipocresía de lo conveniente, castigando a los que se atreven a  desafiar a los “moralistas”. En Europa, a pesar del avance democrático de las últimas décadas,  seguimos cometiendo errores por subestimar nuestra intuición. Todo este conjunto de prejuicios nos cercenan la capacidad de elegir, decantándonos inconscientemente  por lo que la sociedad espera de nosotros, en vez de por lo que nuestro instinto nos indica. Hay que tener una autoestima muy fuerte para saltarse a la torera las opiniones de los demás, porque queramos o no, las opiniones nos influyen, sobre todo si vienen de personas de nuestro entorno.
Quizás Robe tenga razón, pero yo quiero pensar  que el ser humano se salvará a sí mismo cuando vuelva a sacar su parte animal y reconsidere sus deseos, dejando a un lado la imposición cultural o religiosa. Es muy difícil, sobre todo en pueblos más pequeños, hacer caso a la música de nuestro instinto sin el ruido de las opiniones de los otros. Ya lo dije en una ocasión: ” los prejuicios son cadenas que unen los deseos al qué dirán”. Ojalá rompamos esas cadenas algún día. Ojalá nos desatemos de las pautas de los demás. Quizás mañana estemos muertos y alguien nos lleve flores a la tumba. Ese alguien no podrá devolvernos el privilegio de poder elegir aunque nos equivoquemos en la elección, por qué no. Equivocarse es otra forma de libertad. Ser perfecto debe ser lo más aburrido del mundo. Yo ni lo quiero ni lo necesito. ¿Y tú?

jueves, 9 de octubre de 2014

El "NO" como aliado

La palabra “no” asusta. Yo diría que hasta acojona. Los seres humanos no estamos preparados para encajar un “no”, esa palabra maldita que consigue     desasosegarnos y quitarnos el sueño. Cuesta afrontar la frustración que supone asumir una negativa porque eso conlleva saber encajar un ataque en lo más profundo de nuestra esencia: el ego, y con el ego no se juega.
Cuántos días hemos estado esperando esa llamada de alguien que nos gustaba y cuántas veces hemos buscado excusas diversas para justificar el “no me gustas” que la otra persona quiere trasmitirnos por un “tendrá mucho trabajo”, “habrá perdido el teléfono”, “seguro que se está haciendo el interesante”, “es tímido”  y toda esa parafernalia de frases sin sentido para eludir la palabra maldita. Porque ese silencio duele, para qué nos vamos a engañar. Es un dolor punzante como de agujas en el corazón que intentan bajar nuestra autoestima. Un silencio rotundo, aterrador, agorero capaz de hacernos gritar y desesperarnos, hasta que un buen día retomamos el autocontrol y le restamos importancia a la negativa. Dependiendo de nuestra capacidad para encajar la derrota o la frustración, como he dicho antes,  la respuesta será mayor o menor dramática, aunque también es cierto que la edad va amainando esa importancia. Todos recordamos los primeros desengaños amorosos de nuestra vida; suelen ser muy impactantes hasta que aprendemos a valorar las situaciones y a manejar las emociones, es decir, hasta que empezamos a madurar y nos damos cuenta que el “no”, ya sea por medio de las palabras o a través del silencio, no es tan dañino, incluso, cuando pasa el tiempo, lo vemos de una forma diferente. A veces, hasta puede ser ventajoso para nosotros, brindándonos un futuro en otra dirección aunque desconozcamos hacia dónde nos llevará.  Aceptar la realidad cuando no podemos cambiarla nos abrirá puertas nuevas. Ese “no” que nos negaba una situación, nos regala un futuro por descubrir y  al atrevernos a aceptarlo, nos sorprenderá cómo dos letras que sonaban a fracaso se convierten en un triunfo. El enemigo pasa a ser un aliado.
Aquel trabajo al que no nos llamaron, ese hombre o mujer que nos rechazó, el examen suspendido, la oposición no aprobada.... se transformaron en: otro nuevo trabajo, otra pareja mejor, otro examen aprobado, otra oposición. Sólo hacía falta mirar hacia delante y saber que si la vida nos cerraba un camino, el mundo estaba lleno de carreteras y algunas son autovías, aunque inicialmente sólo viésemos el camino cerrado o nos obsesionásemos con él. Sólo hacía falta tener la valentía de querer caminar hacia el futuro. Sólo hacía falta tener ganas de seguir viviendo. El resto lo pondría el destino.
No perdamos el tiempo en lo que no pudo ser y cambiemos el rumbo hacia lo que será, al fin y al cabo se trata de jugar y la vida está llena de cartas.

jueves, 4 de septiembre de 2014

Quien tiene una madre, tiene un tesoro

Una madre es un tesoro que descubrimos cuando somos adultos. De adolescentes no apreciamos el esfuerzo que han hecho para criarnos, las malas noches que pasaron cuando éramos bebés y llorábamos compulsivamente o el mimo con que nos cuidaban si enfermábamos aunque fuese de un simple resfriado. No éramos conscientes de los disgustos que les dimos cuando llegábamos tarde en nuestras primeras salidas nocturnas o si aquella copa de más nos había sentado mal. Sólo el paso del tiempo nos enseña a valorarlas. Las madres, y obviaré las excepciones, viven para sus hijos, de hecho, si alguno muere, no vuelven a levantar cabeza. Es posible que vuelvan a sonreír, a salir de fiesta, o a ir de vacaciones, pero la pena profunda de la muerte de ese ser tan querido  es irrecuperable. Una madre prefiere morirse ella a ver morir a un hijo. Ese tipo de vínculo  es el único amor incondicional hacia otra persona, las demás mujeres, siempre queremos algo de los hombres.

Una madre ama sin condiciones y perdona sin rencor a sus hijos. Conoce la personalidad de cada uno de ellos, la forma de actuar o cuándo está triste sin necesidad de hablar. Esa capacidad “adivinatoria” de una madre es, a veces, insoportable  porque suelen tener razón casi siempre. Tienen un sexto sentido para esas cosas. No tengo ni idea de dónde lo sacan pero saben perfectamente cuándo nos vamos a equivocar en una relación, si estamos enamoradas o solamente es una ilusión, y lo más sorprendente, saben cuándo sufrimos, aunque intentemos ocultarlo.
Las madres son así, una especie de extraterrestres con poderes, inmunes al agotamiento cuando su prole los necesita, aunque su prole ya tenga más años que Carracuca. Son inagotables a la hora de esforzarse por la familia, además, con su incorporación en el mercado laboral, son capaces de organizar la casa, cuidar de los niños, trabajar, llevar una relación con la pareja y todo eso, con o sin ayuda del marido. Afortunadamente, en estas últimas décadas, el hombre ha cambiado su actitud y las labores domésticas se comparten, pero no nos engañemos, en estos momentos, el peso de la organización del hogar sigue recayendo en la mujer que se ha convertido en casi en una “superwoman”, arañando minutos al día para poder llegar a realizar todas las tareas pendientes.
Los alcaldes deberían poner en cada pueblo una estatua honrando la figura de la madre como persona valiente, al fin y al cabo, el mayor acto de valentía de una mujer es parir un hijo y criarlo.
No puedo terminar este escrito sin ensalzar el papel de las abuelas. Muchas de ellas están ayudando en la crianza de sus nietos por la falta de  conciliación laboral de los padres.  A ver si los hijos, tan egoístas como somos, estamos a la altura cuando ellas nos necesiten, porque da la sensación de estar usándolas hasta agotarlas y cuando ya no nos sirven las acomodamos en eso que ahora denominamos “residencias para mayores”. No tengo nada en contra de estas instituciones, es más, muchas de ellas están perfectamente preparadas para cubrir las necesidades de los ancianos de una manera muy digna. Es tan sólo una reflexión, un pensamiento en alto sin ánimo de criticar a quienes prefieran decidir ese futuro para sus padres. Estoy retratando la realidad social actual sin juzgar a nadie. Por lo demás, las consecuencias de nuestras acciones recaerán sobre nuestras conciencias y cada persona tenemos una a quien rendir cuentas cuando llegue el momento. Somos libres para decidir nuestros actos y las circunstancias de cada familia son diferentes. Sin ahondar más en este tema tan delicado, me viene a la mente un viejo refrán: “cada palo que aguante su vela”-dice-. Pues eso.

jueves, 28 de agosto de 2014

Piojos, pulgas y putas

Somos esclavos de nuestras palabras y dueños de nuestro silencio”, una frase muy a tener en cuenta, sobre todo si alguien tiene un cargo público ya que su lenguaje indicará, entre otras cosas, la aptitud para el mismo. Al alcalde de Valladolid, el señor León de la Riva, se le ha olvidado o no ha leído nunca esta cita si no, tal vez hubiese sido más prudente a la hora de hacer declaraciones tan estúpidas, como las que últimamente nos tiene acostumbrados a escuchar.
Una de ellas es: “Voy a limpiar Valladolid de piojos, pulgas y putas”.Lo de los piojos y las pulgas tiene su explicación médica pero lo de las putas es más controvertido. No voy a entrar en disquisiciones si la prostitución debería regularse como ya lo ha hecho Holanda o debería desaparecer como pretende la ONG “Médicos del mundo”;este tema es demasiado delicado para tratarlo sin los datos necesarios, pero sí voy a instar al señor alcalde a honrar su cargo, siendo más prudente a la hora de exponer determinados temas o tendrá que ser esclavo de sus palabras y cumplirlas si llega el caso.
Para ello le aconsejo que recuerde a Augusto, el primer emperador de Roma. En el año 18 a.C. promulgó una ley para reprimir los adulterios llamada “lex adulteriis coercendis”, en virtud de la cual se castigaba con el destierro a una isla, a toda mujer juzgada culpable de adulterio por un tribunal específico (quaestio de adulteriis). Se consideraba adúltera a una mujer cuando había mantenido relaciones extraconyugales, aunque fuese soltera o viuda. Tan sólo se salvaban de ser juzgadas las prostitutas. Pues bien, en el año 2 a.C. tuvo que aplicar esta ley a Julia, su propia hija, desterrándola a la isla de Pandataria donde murió en el 14 d.C, el mismo año que él.
Este breve recuerdo histórico, podría haber hecho reflexionar al señor alcalde, antes de pronunciar aseveraciones tan radicales. Nunca aprendemos de la Historia, con la de ejemplos que nos ha enseñado, para no volver a caer en los mismos errores…
A todos se nos han puesto en contra nuestras propias palabras alguna vez. A todos los que hemos hablado de más por haber pensado de menos y luego hemos tenido que tragárnoslas. “Jamás haré tal cosa”- hemos asegurado y ese“jamás” se convierte en “¡para qué hablaría!”. La madurez nos ha ido enseñando a racionalizar nuestras conversaciones o a matizar nuestras ideas por el bien de nuestra integridad social. Ya sabemos que es muy fácil criticar a los demás, cuando la crítica no se trata de nosotros. Tampoco pretendamos estar de acuerdo con todas las conductas. Más bien, lo aconsejable sería respetar las opiniones respetables, aunque no compartamos el contenido de las mismas. Esto se llama “prudencia”, una virtud muy valorada que sólo poseen algunos elegidos. Probablemente el ego nos impida callar, pero para eso ya está el tiempo, ese gran sabio que nos va colocando a cada uno en nuestro sitio, y a veces, nos deja sin ningún lugar, “por bocazas”.
Si el señor León de la Riva se da por aludido o no, es su problema, pero sus comentarios, es posible, que al final sean un problema para todos si no modula sus impulsos. No es mi intención insultarlo ni denigrarlo, simplemente debe recordar, él y todos los demás que los ciudadanos necesitamos políticos inteligentes y ya estamos empezando a cansarnos de que la palabra “inteligente” parezca una utopía. No importa el color del partido, una persona con un cargo público debe intentar cultivar la prudencia como parte de su trabajo y si no puede, debería dimitir, aunque, claro, en este bendito país, ya se sabe, la dimisión en la clase política no sólo parece una utopía, lo es.