domingo, 6 de noviembre de 2016

Mi sobrino y la magia

Mi sobrino Jaime tiene diez años y acaba de saber, por un despiste de su madre, la verdad del ratón Pérez y por alusiones lo de Papá Noel y los Reyes Magos. Una ola de desencanto ha recorrido sus neuronas, que son muchas, obligando a reordenar la información recibida sobre este tema en particular y sobre la vida en general. La primera conclusión a la que ha llegado es entonar un “mea culpa” por ser tan inocente. La segunda, que no todo lo que dicen los adultos es cierto y la tercera que la magia no existe.
Según mi punto de vista, de las tres conclusiones, dos son falsas y una es verdadera.
La primera conclusión es falsa. Culpabilizarse por “ser tan inocente” cuando quien te da la información es alguien en quien confías, es un error. Cuando sea mayor seguirá sin desconfiar de las personas cercanas y no dudará de la palabra de quien considera familia, amigo o compañero. Cierto es que las traiciones existen pero no se puede estar todo el día pensando en que “Fulano” o “Mengana” te puede mentir, hacerte daño, utilizarte... a no ser que se “meta” a político o desarrolle una personalidad paranoide o antisocial (desearía que no pasase ni lo uno ni lo otro).
La segunda es cierta: no todo lo que decimos es verdad. Mentimos por muchas razones: para evitar castigos, para aumentar nuestro ego, para salvaguardar secretos, para no hacer daño a otras personas o al reves, para hacer daño a otras personas, y otras veces no sabemos si mentimos o no, simplemente nos dejamos llevar por nuestra imaginación o nuestras creencias y con el paso del tiempo nos damos cuenta del error de defender verdades absolutas, porque casi todas las verdades absolutas son mentiras. De todas formas, ser honesto y no faltar a la verdad es una virtud que deberíamos promover. Uno se siente mejor cuando dice la verdad o por lo menos, cuando no miente. Eso hace que uno se convierta en una persona confiable.

La tercera es falsa. Jaime: la magia existe, solo que nos han hecho creer que la magia tiene que ver con el consumismo, con la compra de juguetes, de coches caros, de casas... es decir, con el dinero, por eso os mentimos con lo de los Reyes, porque no valoramos la verdadera magia. La verdadera magia está en la ilusión de la “abu” cuando prepara el menú de la cena de Navidad, en adornar la casa y poner tus siete belenes, en ver la cara de mis sobrinos cuando “Papá Noel” les ha traído ese juguete que tanto querían o la de mi hermano cuando este año también le ha tocado otro pijama; está en ese villancico desafinado de alguien de nosotros que no puedo decir pero que te diré al oído, en disfrutar de una familia tan maravillosa como la nuestra, en acordarse de los que ya no están y brindar por ellos. Esa es la magia. La magia del amor. Y si miras a tu alrededor, seguirás viendo magia: en los árboles, en el mar, en el Universo tan lleno de estrellas, tan bien colocadas, tan brillantes, tan bellas...En la formación y el nacimiento de un bebé, en el cerebro de un ser humano, y si no, ¿cómo explicamos las emociones, los sentimientos o el pensamiento? Pura magia, y tú, como cada uno de nosotros eres un pequeño mago. Usa tu magia para ayudar a otros a ser mejores personas, a cuidar este planeta, a hacer el bien, y seguro que el Gran Mago te devolverá el favor, creando otra estrella en el Universo.

jueves, 6 de octubre de 2016

Los apátridas de valores

No soporto a las personas sin valores. A esos mercenarios incapaces de ser leales a unas ideas, que cuando cambia la dirección del viento se mudan de chaqueta, y se quedan desnudos si hace falta. A esos narcisistas que usan a los demás para su uso y disfrute; a los ambiciosos adoradores del dinero como único dios,  que no temen hacer actos ilegales o inmorales para resarcir su patrimonio, si notan cualquier mínimo indicio de merma en sus ingresos, pero incapaces de compartir aunque sean las sobras. A los deshonestos que no dudan en calumniar ni en injuriar  para conseguir sus objetivos,  incapaces de enmendar sus errores aunque se demuestren sus falsedades. Acusar injustamente a alguien es, junto con la deslealtad,  una de las actitudes más reprobables del ser humano. En el mundo político lo estamos viendo casi a diario: puñaladas traperas, mentiras, desconfianzas, juego sucio... Es el “todo vale” por mantener o conseguir el poder. ….  No hay nada inventado. Un tal Maquiavelo ya lo escribió en “El príncipe” hace casi quinientos años. El fin justifica los medios, dijo.
Nos sorprendería la de maquiavélicos y maquiavélicas que nos rodean, teatralizando sus propios engaños y envolviéndolos en verdad, para luego abusar de nuestra confianza, mercadeando con nuestra buena fe. Realmente, este tipo de personas apátridas de valores cavan su propia tumba, porque cuando se les reconoce (al final siempre se les reconoce) producen un rechazo frontal en la gente de bien.
En esta sociedad hedonista adicta al becerro de oro, encontrar a hombres justos, honestos o buenos es una tarea casi imposible, y si los encontramos nos solemos reír de su actitud etiquetándolos como seres débiles. Estamos demasiado acostumbrados al yo, mí, me, conmigo. Ayudar a los demás a ser mejores personas o mejores profesionales sin esperar nada a cambio, simplemente para embellecer este mundo, es ya un valor utópico.  La costumbre habitual de echar zancadillas al otro, torpedear ideas brillantes, taponar proyectos, no es nueva. La Historia nos ha dado sobradas muestras de apátridas de valores y curiosamente, muchos de ellos han dirigido naciones o imperios. La personalidad antisocial se impone entre los poderosos y en muchos puestos de responsabilidad (lo he leído últimamente en algún periódico medianamente confiable). Probablemente la forma de gobernar sea un reflejo de nuestra sociedad…
 Sinceramente, espero que perduren los rebeldes a la corrupción, los que van a contracorriente de lo superfluo, “los nuevos espartacos”, sí, esos que se resisten a ser esclavos del dinero y del poder. Solo esos podrán legar a futuras generaciones la verdadera esencia del ser humano. Los otros, se dejarán arrastrar por la dictadura del tiempo y perecerán en sus tumbas, tan frías, como sus almas.


jueves, 7 de julio de 2016

Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos

Ahora piensas que cambiaras el mundo y será el mundo el que te cambiara.
Ahora eres alegre y joven pero en lo profundo, ya llevas la semilla de tu soledad.
 “TE TRATARÉ COMO A UNA REINA”
Rosa Montero

El tiempo nos cambia. Dicen que “genio y figura hasta la sepultura”, un refrán tan verdadero o tan falso según lo queramos interpretar. Me parece una frase concebida para justificar la inmutabilidad del carácter por falta de impregnación de la experiencia en la conducta. Genio y figura hasta la sepultura solo ocurre en aquellos ignorantes que no han interiorizado nada del aprendizaje que supone vivir. Al resto de los mortales el tiempo sí nos cambia; nos va puliendo según las circunstancias vividas.
En la adolescencia, la influencia hormonal realza el ego; se pierde la perspectiva de lo posible, dando paso a lo improbable e incluso a lo imposible, porque en la adolescencia casi todo es posible. Muchas veces se obvian las consecuencias de los actos, y por tanto la existencia de la muerte se supone… sin darle mucha importancia, claro. Es la edad del todo o nada, del blanco o  negro, donde los grises apenas se distinguen. Es la explosión de las sensaciones, el pensar que podemos comernos el mundo y hasta cambiarlo. El sufrimiento se limita al amor, a los límites de horarios y a los exámenes, por lo menos en los países civilizados.
La inocencia, la justicia, el premio al esfuerzo,  la lealtad, la honestidad, son virtudes  heredadas creíbles en las primeras décadas de nuestra biografía; conforme avanzamos en años van mermando su importancia, a la par que vamos aceptando la realidad aunque no la entendamos.  Relegamos al cajón de lo utópico, valores aprendidos por nuestros educadores, dando paso a una actitud más conformista.
Y sin darnos cuenta dejamos esta fase para pasar a la llamada “madurez” o lo que otros llaman “la crisis de los cuarenta”. En esta parte de nuestra vida ya hemos aprendido a mentir, a fingir, a ser diplomáticos, políticamente correctos y los que no han aprendido, peor para ellos. Hemos vivido deslealtades, infidelidades, conocido a personas buenas y no tan buenas,  asumido la infravaloración de la sinceridad, porque como dice mi hermano Antonio: “La sinceridad  puede entenderse como una falta de respeto”. Ser sincero, eso que nos repetían hasta la saciedad cuando éramos pequeños, se nos hace cuesta arriba. Además, puede ser un obstáculo para la supervivencia tanto en el trabajo como en la sociedad. Escogemos muy bien a quién y cuándo decimos lo que pensamos. La edad media de la vida es probablemente la peor edad si nos dejamos dominar por los temores. En este periodo es cuando más miedo tenemos a perder los “tesoros" que hemos conseguido: un trabajo, dinero, una relación estable, unos hijos, una casa... y  porque es cuando empezamos a ver la muerte más de cerca. Aún nos sentimos jóvenes pero la presencia de la “pálida dama” merodeando a nuestro alrededor consigue  asustarnos terriblemente. Eso no significa que podamos perder el miedo a salir del área de confort, divorciarnos, cambiar de trabajo, de ciudad o iniciar nuevos proyectos. Significa que analizamos más las consecuencias de nuestros actos, evitando riesgos innecesarios que en años pasados no hubiésemos ni siquiera imaginado. Aplanamos nuestras  emociones en pos de un menor sufrimiento. Se pisa sobre seguro para evitar caídas y aunque no podamos controlar nuestro entorno, hemos aprendido a esquivar los golpes que el destino nos da, a veces sin merecerlo.

Cuando la jubilación llega, las preocupaciones más inmediatas son la ausencia de compañía, la enfermedad y las vicisitudes de nuestra familia. La baja retribución de la pensión podría ser otro motivo de preocupación y como sigamos así, auguro un grave problema. 
Dejando a un lado factores políticos, seguiré centrada en lo filosófico. En esta recta final podemos volver a sincerarnos con el resto de los humanos.  La competitividad en el trabajo ha desaparecido. En cuanto a la sociedad,  importa cada vez menos como ente propio. Como consecuencia de esto, las prioridades han vuelto a cambiar. Salud, familia, amigos y conciencia se convierten en lo preferente, eje fundamental de nuestra autoestima. Ya no queremos ganar dinero, ser admirados y respetados en el  mundo laboral o en  nuestro entorno social; en esa etapa de la existencia lo que se busca es ser querido por las personas que nos importan, vivir el momento, valorar las pequeñas cosas diarias, disfrutar de una buena compañía, asumiendo la inexistencia del futuro, y es cuando al encontrarnos con un amigo de la adolescencia al que hace años nos veíamos, se nos vienen encima los recuerdos. Al hablar del pasado, rememoramos aquella frase del poeta: “Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos”. La vida se ha encargado de cambiarnos. Muchos podremos seguir manteniendo la esencia de lo que fuimos, también la utopía, pero las cicatrices de las heridas sufridas a lo largo del tiempo nos recuerdan lo imprescindible, lo importante, lo prescindible y lo efímero. Ese es el verdadero cambio: saber distinguir lo fundamental de lo banal sin morir en el intento. 

jueves, 21 de abril de 2016

Yo, Gretel

Los carnavales nos dan la posibilidad de ser quienes no somos. Por unas horas podemos convertirnos en una malvada bruja o en una inocente hada; podemos ser desde don Quijote hasta Napoleón. Pero claro, eso ocurre una vez al año, el resto del tiempo seguimos siendo nosotros, que ya es bastante. Los carnavales son para la gente joven- afirmó un hombre entrado en años cuando le pregunté si se iba a disfrazar- Yo ya soy muy viejo para eso.
Estaba claro que aunque probablemente fuese viejo,  lo más importante es que se sentía viejo y aún gustándole disfrazarse, se negaba a hacerlo por algo tan irremediable como el paso del tiempo.

Hace unos años, se ha puesto de moda llamarnos por nuestro nombre en algunos franquicias de restaurantes y cafeterías. En concreto, en este momento la política de “Los 100 montaditos” y “ Starbucks” es solicitar muy amablemente  el nombre del cliente y darle su bebida o comida al son del nombre facilitado por el consumidor, adornándolo posteriormente con un “por favor” Esta puede ser una forma más de ser quienes no somos; de tener otra identidad, si damos un nombre falso. Evidentemente, al personal de estos establecimientos les importa tres pitos que nos llamemos de una manera o de otra, pero algunas veces es posible captar su atención.
Recuerdo un día en que el camarero, con la bandeja en la mano llena de montaditos, llamó por el micrófono: “ Yomismo, por favor”. Una pandilla de adolescentes comenzó a reír a carcajadas mientras uno de ellos se levantaba a por el pedido. El resto de los “parroquianos” sonreímos de una forma comprensiva. Los jóvenes son así- dijo una señora a su marido- ¡Bendita juventud!
Entonces, mi mente se rebeló como lo haría uno de esos chicos nombrados por aquella señora sentada a mi derecha, y comencé a cavilar formas de mantener un trocito de juventud dentro de mí a pesar de las arrugas, las canas y las desilusiones. Se trataba de “cometer” pequeños actos de inmadurez salpicados en mi conducta adulta para endulzar la realidad de lo cotidiano. Un viaje sorpresa, comprar una tarta donde ponga “feliz día”  simplemente porque es un feliz día sin cumpleaños asociado, tararear una canción por la calle o mover la cabeza al son de la música de una tienda de ropa, y por supuesto, buscar un nombre ficticio para “Starbucks” y “los 100 montaditos”. Un nombre diferente- pensé- Uno de esos en el que el interlocutor agudice su oído para escucharlo de nuevo por raro, pero creíble, claro. Y sin buscarlo mucho, lo encontré.
-         Un frappuccino de vainilla, por favor.
-         Su nombre- me preguntó una chica con coletas.
-         Gretel- dije con seguridad mirándola a los ojos.
-         ¿Cómo?- me preguntó con el rotulador en la mano, sin atreverse a poner en nombre en el vaso de plástico.
-         Gretel- repetí con la misma seguridad de antes
Unos minutos después, otro camarero me llamaba:
-         Frappuccino de vainilla para Gretel.

Me acerqué a por mi bebida. El chico me la dio muy amable y yo le di las gracias. Me senté en un taburete alto cerca de la ventana. Sorbí el frappuchino y tras eso, una sonrisa pícara adolescente se dibujó en mi cara de mujer madura.

jueves, 7 de abril de 2016

¿Y si la justicia existiera?

Muchas veces me he preguntado, y nunca  he sabido responderme, si el concepto de JUSTICIA es un invento del hombre para disminuir la ansiedad que puede producirle su inexistencia. Hablan de la justicia del tiempo, del karma, de que “a cada cerdo le llega su San Martín”, pero la verdad es que yo he visto a verdaderos hijos de puta vivir estupendamente, haciendo la vida imposible a los de su alrededor, y sin que ninguna justicia los ajusticie, valga la redundancia. Los que creen en alguna religión tendrán un alivio para esto con el infierno o las malas reencarnaciones, pero si somos pragmáticos y creemos solo en lo que vemos, o sea, en esta vida, entonces, nuestra desesperación por la impotencia acumulada puede ser monumental.
Desde que nacemos hay una clara desventaja de unas personas frente a otras; por la familia donde nacen, el lugar, la ausencia de enfermedad, y mil cosas que hacen de cada uno de nosotros seres únicos con características exclusivas. Luego, la vida se encarga de agudizar aún más estas desigualdades. Todos conocemos niños que han enfermado, o que han muerto; niños explotados en campos de trabajo sin posibilidad de recibir una educación escolar, o niños a los que se les deniega las vacunas simplemente porque su país de origen se llama “tercer mundo”. Ya nos hemos encargado de etiquetar a determinados países encuadrando la situación real en nuestras cabezas, no extrañándonos lo que debería sorprendernos de una forma “vomitiva”. Y luego están las injusticias dentro de nuestro propio país, de nuestro propio pueblo y hasta en nuestro trabajo.
Personas contratadas en una empresa sin más currículum que el “por ser hijos de”,  “sobrinos de” o pertenecer a un determinado partido político. Alcaldes y diputados corruptos a los que los jueces imponen penas ridículas con grandes beneficios penitenciarios, y a veces se quedan exentos de condena porque los casos han prescrito.
Definitivamente, esta vida es injusta. No todos los buenos  tendrán recompensa ni todos los malos, castigo;  nos gustaría lo contrario: recompensa para los buenos y castigo para los malvados. Algunos se conforman con imaginarlo, otros con verlo en el cine entre palomitas y coca-cola y otros se conforman con aceptar su inexistencia. A la mayoría nos enfada no poder extrapolarlo a la realidad.  Yo, personalmente, prefiero creer en aquello de “el que siembra tormentas, recoge tempestades”. Necesito creerlo, aunque no sea cierto, porque si no, mi integridad mental podría verse seriamente afectada ante la impotencia de la impunidad de la maldad humana.
No sé si existe la JUSTICIA, así, en mayúsculas, pero de lo que estoy segura es de mi determinación de no dejar que nadie se aproveche de mi buena fe.  Estoy segura del caerse y levantarse de la vida, del seguir caminando a pesar de las zancadillas, de luchar por conseguir mis sueños, de pelear por eliminar lo injusto.
Uno empieza a envejecer cuando acepta la realidad y no quiere cambiarla aunque no le guste; pudiendo cambiarla, se entiende. Rendirse no es una opción, es una decisión. De nosotros depende si queremos ser viejos, o solo seguir cumpliendo años. 


jueves, 30 de octubre de 2014

Los psicópatas del amor

Lo conocí hace casi veinte años. Al recordarlo, algunos datos se han borrado de mi memoria. Sucede siempre: nos impregna lo importante y obviamos lo superfluo, aunque a veces lo importante pueden ser pequeñas frases o escenas que inicialmente no parecían ser tan transcendentales. Pero sobre todo, recuerdo cómo entendía la vida y la relación con las demás personas. Usaba a las mujeres como objetos sexuales y una vez satisfecho sus instintos las tiraba sin contemplaciones al cubo de lo prescindible. Poco importaba la estrategia utilizada para conseguir el fin, no dudando en engañar  si se daba el caso. Maquiavelo era un aficionado al lado de este hombre.
Tenía una novia, de esas chicas buenas educadas para casarse, de aspecto virginal y sin experiencia sexual previa. Ella vivía en el pueblo de ambos, a unos cien kilómetros de donde residía mi compañero. Una distancia suficiente para ocultar las mentiras, supongo, pero ahora al ver la historia con el filtro de los años, he entendido que no hay suficiente distancia que pueda ocultar una traición.
El caso es que aquel hombre tan atractivo, seguro de sí mismo, en el fondo resultó ser  poco confiable, egoísta y egocéntrico. Tres adjetivos usados para definirlo cuando me lo presentaron la primera vez. A mí me pareció muy guapo y me dio la sensación de que tenía la autoestima muy alta. Pues él la pone entre las piernas- me dijeron- pero no quise escuchar los comentarios de quienes juzgan a los demás, porque a veces la envidia o el rencor nos hace etiquetar a la gente injustamente. Desgraciadamente, en varias ocasiones vi llorar a alguna de esas a las que prometió la luna con final kleenex y me dolió porque esa mujer podría haber sido yo misma; quizás una de esas fui yo... me duele pensarlo. Probablemente también me duela recordar  las frases “confía en mí”, “la relación con mi pareja está rota”, “eres la mujer con la que quiero estar”, pronunciadas en un entorno idílico envueltas en un halo de falsedad y supongo que a la pobre novia la llenaba de promesas de futuro, falsas como el beso de Judas. No le temblaba la voz cuando mentía. Como dijo alguien: “saber mentir es otra forma de talento” y él sabía mentir muy bien.
Una tarde cuando supe que se casaba le pregunté:
-         ¿Por qué lo haces?
Él mirándome fijamente respondió:
-         No me caso con la mujer que quiero. Me caso con la mujer que necesito.
Y así fue como engañó hasta al mismo Dios, organizando una boda con iglesia, padrinos, y jurando una fidelidad inexistente.

El tiempo pasó rápido y me fui a trabajar a otro lugar. Aquel nombre repetido hasta la saciedad en noches de insomnio, desapareció de mi vida dejando una estela de nada. Cuando confías en alguien y ese alguien traiciona tu confianza, el vacío se apodera del sentimiento y lo borra, dejando sólo el hueco de lo que existió. Ya no volví a saber nada más de él hasta hace un par de años cuando me encontré a una compañera común y volvimos a rememorar el pasado. Aquel adolescente de veinticinco años seguía siendo un adolescente de cuarenta y tres que usaba a las mujeres, incluida la suya, a la que sólo quería como madre de sus hijos. ¡Lástima!, con la de oportunidades que ofrece la vida para reorientar nuestra conducta...
Después de ese, me he encontrado con algunas personas  similares. Mujeres o varones sin escrúpulos, psicópatas del amor y cuando hablo con ellos me viene a la mente una canción de Fito Cabrales: “Ya conozco a unos cuantos que son como usted, que me ofrecen veneno cuando tengo sed”
No sé los demás, pero yo intento apartarme de esos individuos; los miro y veo como escupen el egoísmo que ya no les cabe, pero de lejos, para no salpicarme el corazón con sufrimientos innecesarios. Si alguien lee la frase anterior de nuevo, he escrito “intento”, porque en general eso suelo hacer, mientras la pasión no me desequilibre el autocontrol y lo destroce con su fuego, porque entonces, es posible que la ceguera me impida ver más allá de las llamas y arrase con todo mi ser. Espero que la madurez me haya enseñado a ponerle un traje ignífugo a mi autocontrol, así la pasión podrá quemar todo, menos mi dignidad. Eso espero.

jueves, 23 de octubre de 2014

Instinto básico (sin Sharon Stone)

Yo estaba leyendo el libro de Roberto Iniesta “El viaje íntimo a la locura” cuando reflexioné sobre lo que Robe había escrito: “El hombre carece de auténticos instintos. No durará mucho”. Desgraciadamente, creo que tiene razón.  El ser humano ha ido relegando el instinto en pos de la conveniencia social o de lo políticamente correcto, no sólo en su vida diaria, también en su vida íntima. La sociedad tiene unas reglas no escritas sobre cómo y con quién tenemos que emparejarnos y si no las cumplimos estará esperando hasta que fracase nuestra relación para después hacer leña del árbol caído. Si nos enamoramos de alguien mucho más joven, o mucho mayor, de otra raza, de otra religión, de un nivel cultural mucho menor o cualquier otra circunstancia que nuestros paisanos consideren desnivelado o poco apropiado para nosotros nos lo harán saber, de una forma o de otra. Probablemente lo enmascaren con un halo de falsa modernidad, pero en el fondo, sólo verán el desnivel. Poco importará ante los ojos de los jueces del pueblo que el resto de las piezas encajen. Si una chica de familia normal, con un trabajo normal y un aspecto normal, se empareja con un chico negro de esos que venden Cds en los mercadillos, las alarmas no tardarán en surgir. Primero en la familia, luego en los conocidos y aunque la cohesión entre esas dos personas sea casi perfecta o aunque sea el hombre que la haga feliz,  siempre habrá una voz ajena que sentencie: “ves, no podía ser, si lo sabía yo”, si al final se rompe la relación. Los prejuicios son muy difíciles de erradicar, ya lo dijo Einstein. No dijo que a las mujeres nos ha perjudicado especialmente, para eso ya está las Historia como testigo del recuerdo. En casi todas las culturas hemos sido agredidas con tradiciones rancias incapaces de  aniquilar el pensamiento machista. ¿Cuántas mujeres fueron despreciadas a la soltería,  por atreverse a estudiar una carrera universitaria o por no ser vírgenes? Estoy segura que muchas de ellas encenderían la pasión de algunos pretendientes, pero estos se dejaron llevar influidos por el pensamiento externo y se alejaron de su impulso natural. Sólo algunos valientes se casaron con chicas no vírgenes, divorciadas, madres solteras, universitarias o con mucha más edad que ellos. Sólo algunas valientes se atrevieron a desafiar a la sociedad para seguir su corazón, a divorciarse cuando el marido las humillaba o a poner sus propias reglas del juego. Esos y esas valientes abrieron nuevamente las puertas del instinto y cerraron las normas de una sociedad anclada en costumbres obsoletas.
En la actualidad, muchos países continúan siendo a la vez verdugos y reos en un mundo desigual dirigido por la hipocresía de lo conveniente, castigando a los que se atreven a  desafiar a los “moralistas”. En Europa, a pesar del avance democrático de las últimas décadas,  seguimos cometiendo errores por subestimar nuestra intuición. Todo este conjunto de prejuicios nos cercenan la capacidad de elegir, decantándonos inconscientemente  por lo que la sociedad espera de nosotros, en vez de por lo que nuestro instinto nos indica. Hay que tener una autoestima muy fuerte para saltarse a la torera las opiniones de los demás, porque queramos o no, las opiniones nos influyen, sobre todo si vienen de personas de nuestro entorno.
Quizás Robe tenga razón, pero yo quiero pensar  que el ser humano se salvará a sí mismo cuando vuelva a sacar su parte animal y reconsidere sus deseos, dejando a un lado la imposición cultural o religiosa. Es muy difícil, sobre todo en pueblos más pequeños, hacer caso a la música de nuestro instinto sin el ruido de las opiniones de los otros. Ya lo dije en una ocasión: ” los prejuicios son cadenas que unen los deseos al qué dirán”. Ojalá rompamos esas cadenas algún día. Ojalá nos desatemos de las pautas de los demás. Quizás mañana estemos muertos y alguien nos lleve flores a la tumba. Ese alguien no podrá devolvernos el privilegio de poder elegir aunque nos equivoquemos en la elección, por qué no. Equivocarse es otra forma de libertad. Ser perfecto debe ser lo más aburrido del mundo. Yo ni lo quiero ni lo necesito. ¿Y tú?