jueves, 22 de marzo de 2018

La condena de la envidia

Hace una semana fui al cine con mi sobrino. Antes de que empezara la película, escuché sin querer- o queriendo- una conversación entre dos mujeres que estaban sentadas justo delante de mí. Una de ellas le decía a la otra: " Fulanita se va a ir a París en Semana Santa. Ella puede hacer cambio de turnos en el trabajo. Por eso viaja tanto. Ojala y yo pudiera hacer lo mismo. Me da envidia sana".
La envidia nunca es sana- pensé-. Luego comenzó la película y se me olvidó aquella conversación. Cuando llegué a mi casa rumié la idea de la envidia. Entonces pensé en las puñaladas traperas de los políticos, en los tópicos y en todas esas ideas que nos han metido en la cabeza sobre este sentimiento tan autodestructivo.
Muchos dicen que España es un país de envidiosos. Yo creo que en todos los países existe la envidia. No es exclusivo de un país, de una raza, o de un determinado sexo. El primer crimen que se conoce, aunque para muchos sea un cuento -el de Caín a Abel- fue por envidia, por tanto, la envidia debe formar parte de nuestra esencia como seres humanos. Es cierto que un amplio grupo de personas la sufren solo moderadamente, y algunas solo un poco. A mí me da envidia cuando en Navidad veo a los ganadores de la lotería brindando con champán. Puedo decir que eso es envidia sana, pero no; a mí me gustaría que me tocase la lotería, y siento un poco de rabia cuando compruebo los números que llevo, y veo que no coincide con ningún décimo premiado. Otra cosa es que para conseguir mi objetivo, matase a algún ganador de esos, le arrebatase el décimo premiado y lo cobrase como mío. Afortunadamente, mi envidia no llega hasta ese punto; de hecho, prácticamente se queda en eso. No siento ningún deseo de tener lo que otros tienen, y vuelvo a repetir la palabra, afortunadamente. ¿Por qué digo "afortunadamente"?- tercera vez que escribo la palabra- Porque conozco a algunas personas que no pueden quitarse a la envidia de sus vidas. En el fondo, son dignos de lástima. Vivir pendiente de la vida de los demás debe ser un infierno.

Y es que la envidia agujerea el alma. Provoca un estado permanente de vigilia para comprobar lo que otros tienen, por qué lo tienen y cómo se les puede quitar lo que tienen. La envidia se aferra al abandono del yo para mimetizarse con el ego de los demás. Da igual si uno tiene dinero, salud, pareja o buen trabajo, el envidioso siempre querrá lo que tiene el otro. Solo estará moderadamente contento cuando vea al otro fracasar, enfermar o morir. El gran castigo del envidioso es que nunca podrá ser feliz. La tortura por el éxito de los demás lo atormentará hasta hacerlo enloquecer, metafóricamente hablando. La felicidad de los demás será la infelicidad del envidioso. Con una autoestima por los suelos y el ego haciendo aguas, el envidioso nunca podrá tener paz interior. ¿Hay mayor condena que ésa? Me temo que no.